Desde el cielo de la Rayuela

Nos posamos hoy en la Torre Eiffel, que siempre me ha parecido genial y cuyo descubrimiento nos ofrece una primera carcajada de la mano de los genios de Carabanchel, Faemino y Cansado:

Cuando hay tormenta, se le antoja peligroso al piloto de Zeppelines lanzar el cabo a un pararrayos; así que es conveniente posarlo como una mariposa y esperar a que escampe. En las horas de espera viene bien tener un libro a mano y un farol. No muchos libros, uno bueno, de esos que dura y cuando lo acabas , quisieras volverlo a leer, seguir con él.

Uno libro que llevarte a un Zeppelin es “Rayuela de Julio Cortázar” (Bruselas 1914-Paris 1984)  nos legó entre otros tesoros “Rayuela” La novela tiene un total de 155 capítulos, que pueden ser leídos de diferente forma: a la lectura tradicional, es decir, empezando por la primera página y siguiendo el físico del texto hasta llegar al capítulo 56, y además un “ Tablero de dirección” propone una lectura completamente distinta, saltando y alternando capítulos.

Esta novela considerada –no por él- antinovela es muy rica en lecturas, retrato de una época y una importante carga surrealista que en aquellos tiempos era difícil encontrar tan caudalosamente en la narrativa…Quizás no se acabé nunca, pero el que lo consiga seguro que no sale defraudado, por su poder evocador, su genio creativo y las ramificaciones que en el cerebro despiertan al solapar el libro con la vida de cada uno.

Del capítulo 1:

Y mirá que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente. Como no sabías disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos, y entonces primero cosas como estrellas amarillas (moviéndose en una jalea de terciopelo), luego saltos rojos del humor y de las horas, ingreso paulatino en un mundo – Maga que era la torpeza y la confusión pero también helechos con la firma de la arena Klee, el circo Miró, los espejos de ceniza Vieira da Silva, un mundo donde te movías como un caballo de ajedrez que se moviera como una torre que se moviera como un alfil. Y entonces en esos días íbamos a los cine-clubs a ver películas mudas, porque yo con mi cultura, no es cierto, y vos pobrecita no entendías absolutamente nada de esa estridencia amarilla convulsa previa a tu nacimiento, esa emulsión estriada donde corrían los muertos; pero de repente pasaba por ahí Harold Lloyd y entonces te sacudías el agua del sueño y al final te convencías de que todo había estado muy bien, y que Pabst y que Fritz Lang. Me hartabas un poco con tu manía de perfección, con tus zapatos rotos, con tu negativa a aceptar lo aceptable. Comíamos hamburgers en el Carrefour de l’Odeon, y nos íbamos en bicicleta a Montparnasse, a cualquier hotel a cualquier almohada. Pero otras veces seguíamos hasta la Porte d’Orleans, conocíamos cada vez mejor la zona de terrenos baldíos que hay más allá del Boulevard Jourdan, donde a veces a medianoche se reunían los del club de la Serpiente pare hablar con un vidente ciego, paradoja estimulante. Dejábamos las bicicletas en la calle y nos internábamos de a poco, parándonos a mirar el cielo porque esa es una de las pocas zonas de París donde el cielo vale más que la sierra. Sentados en un montón de basuras fumábamos un rato, y la Maga me acariciaba el pelo o canturreaba melodías ni siquiera inventadas, melopeyas absurdas cortadas por suspiros o recuerdos. Yo aprovechaba para pensar en cosas inútiles, método que había empezado a practicar años atrás en un hospital y que cada vez me parecía más fecundo y necesario.

Del capítulo 7:

Cumbre, el capítulo 68

La descripción de un orgasmo en el idioma glíglico que inventó, es uno de los textos eróticos más reproducidos por su originalidad, aquí  primero para que lo memoricéis y los ejercicios en una versión “ida de la olla” con olor a pescadería:

“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias”

El capítulo 56, donde se acaba de “manera ordenada” se considera una burla del autor a la novela tradicional, ese” paf se acabó” da lugar a muchas interpretaciones, ¿se suicidó Oliveira?. Pues habrá que leerse de nuevo el libro….en otro orden.

“Era así, la armonía duraba increíblemente, no había palabras para contestar a la bondad de esos dos ahí abajo, mirándolo y hablándole desde la rayuela, porque Talita estaba parada sin darse cuenta en la casilla tres, y Traveler tenía un pie metido en la seis, de manera que lo único que él podía hacer era mover un poco la mano derecha en un saludo tímido y quedarse mirando a la Maga, a Manú, diciéndose que al fin y al cabo algún encuentro había, aunque no pudiera durar más que ese instante terriblemente dulce en el que lo mejor sin lugar a dudas hubiera sido inclinarse apenas hacia afuera y dejarse ir, paf se acabó.” 

Y finalmente  y  para relajarse en la hondura de la raspadura soltamos lastre y volamos hacia el sur  a la casilla campestre del silencio, viento de mano que trae esta grande de Hispania  que es Mayte Martin, ojito a la letra.

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