Heaven & Paradiso

Hoy mi Zeppelin  llega en forma de Led, con sus lucecitas y sus melenas largas de los 70, una de las mejores canciones de la historia del rock sostienen los que son mucho de sostener esas cosas: Led Zeppelin Stair to heaven, aquí live un poco más mayorcitos que lo podéis dejar in crescendo de fondo:

Y para complacer dos peticiones, una de Los Mochis (México) y otra de Córdoba (Argentina) hoy os pongo literalmente , ahí va el capítulo 8 de”Paradiso” de Lezama Lima; para leerlo a vuestro propio riesgo. Que hay de toóo en esas salidas quijotescas de Farraluque desbocado. Si al menos ganamos a la fauna Lezamiana algunos y algunas adeptas está bien.

Capítulo VIII

 En su interior el colegio se abría en dos patios que comunicaban por una puerta pequeña, semejante a la que en los seminarios da entrada al refectorio. Un patio correspondía la primera enseñanza, niños de nueve a trece años. Los servicios estaban paralelizados con las tres aulas. Las salidas al servicio estaban arregladas a un hora determinada, pero como es en extremo difícil que la cronometría impere sobre el corpúsculo de Malpighi o las contracciones finales de la asimilación, bastaba hacer un signo al profesor para que este 10 dejase ir a su disfrute.

 El sadismo profesoral, en esa dimensión inapelable, se mostraba a veces de una crueldad otomana. Se recordaba el caso, comentado en secreto de un estudiante que habiendo pedido permiso para volcar su ciamida de amonio y su azufre orgánico, negado dicho permiso se fue a unos retortijones que se descifraron en peritonitis, haciendo fosa.

Ahora, cada alumno, cuando pedía permiso para «ir afuera, trataba de coaccionar sutilmente al profesor, situándose en la posibilidad de ser un adolescente asesinado por los dioses y al profesor en la de ser un sátrapa convulsionado. Cuidaba el patio un alumno de la clase preparatoria, que entonces era el final de la primera enseñanza, un tal Farraluque, cruzado de vasco semititánico y de habanera lánguida, que generalmente engendra un leptosomáticoadolescentario, con una cara tristona y ojerosa, pero dotado de una enorme verga. Era el encargado de vigilar el desfile de los menores por el servicio, en cuyo tiempo de duración un demonio priápico se posesionaba de él furiosamente, pues mientras duraba tal ceremonia desafiante, bailaba, alzaba los brazos como para pulsar aéreas castañuelas, manteniendo siempre toda la verga fuera de la bragueta. Se la enroscaba por los dedos, por el antebrazo, hacía como si le pegase, la regañaba, o la mimaba como a un niño tragón. La parte comprendida entre el balano y el glande era en extremo dimenticable, diríamos cometiendo un disculpable italianismo. Esa improvisada falaroscopia o ceremonia fálica era contemplada, desde las persianas del piso alto, por la doméstica ociosa, que mitad por melindre y mitad por vindicativos deseos, le llevo la desmesura de un chisme priápico a la oreja climatérica de la esposa del hijo de aquel Cuevarolliot, que tanto luchó con Alberto Olaya. Farraluque fue degradado de su puesto de Inspector de servicios escolares y durante varios domingos sucesivos tuvo que refugiarse en el salón de estudios, con rostro de fingida gravedad ante los demás compañeros, pues su sola contemplación se había convertido en una punzada hilarante. El cinismo de su sexualidad lo llevaba a cubrirse con una máscara ceremoniosa, inclinando la cabeza o estrechando la mano con circunspección propia de una despedida académica. Después que Farraluque fue confinado a un destierro momentáneo de su burlesco poderío, José Cemi tuvo oportunidad de contemplar otro ritual fálico. El órgano sexual de Farraluque reproducía en pequeño su leptosomia corporal. Su glande incluso se parecía a su rostro. La extensión del frenillo se asemejaba a su nariz, la prolongación abultada de la cúpula de la membranilla a su frente abombada. En las clases de bachillerato, la potencia fálica del guajiro Leregas, reinaba como la vara de Aaron. Su gladio demostrativo era la clase de geografía. Se escondía a la izquierda del profesor, en unos bancos amarillentos donde cabían como doce estudiantes. Mientras la clase cabeceaba, oyendo la explicación sobre el Gulf Stream, Leregas extraía su verga -con la misma indiferencia majestuosa del cuadro velazqueño donde se entrega la llave sobre un cojín-, breve como un dedal al principio, pero después como impulsada por un viento titánico, cobraba la longura de un antebrazo de trabajador manual. El órgano sexual de Leregas no reproducía como el de Farraluque su rostro sino su cuerpo entero. En sus aventuras sexuales su falo no parecía penetrar sino abrazar el otro cuerpo.

Erotismo por compresión, como un osezno que aprieta un castaño, así comenzaban sus primeros mugidos. Enfrente del profesor que momentáneamente recitaba el texto, se situaban, como es frecuente, los alumnos, cincuenta o sesenta a lo sumo, pero a la izquierda, para aprovechar más elespacio, .que se convertía en un embutido, dos bancos puestos horizontalmente. AI principio del primer banco se sentaba Leregas. Como la tarima donde hablaba el profesor sobresalía dos cuartas, ese únicamente podía observar el rostro del coloso fálico. Con total desenvoltura e indiferencia acumulada. Leregas extraía su falo y sus testículos, adquiriendo como un remolino que se trueca en columna de un solo ímpetu el reto de un tamaño excepcional. Toda la fila horizontal y el resto de los alumnos en los bancos contemplaban por debajo de la mesa del profesor aquel tenaz cirio dispuesto a romper su balano envolvente. con un casquete sanguíneo extremadamente pulimentado. La clase no parpadeaba. profundizaba su silencio. creyendo el domine que los alumnos seguían amorosamente el hilo de su expresión discursiva. Era un corajudo ejercicio que la clase entera se imantase por el seco resplandor fálico del osezno guajiro. El silencio se hacía arbóreo, los más fingían que no miraban. otros exageraban su atención a las palabras volanderas e inservibles. Cuando la verga de Leregas se fue desinflando. comenzaron las toses. las risas nerviosas, a tocarse los codos para liberarse del estupefacto que habían atravesado. -Si siguen hablando me voy a ver precisado a expulsar a algunos alumnos de la clase -decía el profesorete, sin poder comprender el paso de la atención silenciosa a una progresiva turbamulta arremolinada.

Un adolescente con un atributo germinativo tan tronitonante tenía que tener un destino espantoso, según el dictado de la pitia délfica. Los espectadores de la clase pudieron observar que al aludir a las corrientes del golfo el profesor extendía el brazo curvado como si fuese a acariciar las costas algosas, los corales y las anemonas del Caribe. Después del desenlace, pudimos darnos cuenta que el brazo curvado era como una capota que encubría los ojos pinchados por aquel improvisado Trajano columnario. El dolmen fálico de Leregas aquella mañana imantó con más decisión la ceñida curiosidad de aquellos peregrinos inmóviles en torno de aquel dios Termino, que mostraba su desmesura priápica, pero sin ninguna socarronería ni podrida sonrisilla. Inclusive aumento la habitual monotonía de su sexual tensión, colocando sobre la verga tres libros en octavo mayor, que se movían como tortugas presionadas por la fuerza expansiva de una fumarola. Remedaba una fábula hindú sobre el origen de los mundos. Cuando los libros como tortugas se verticalizaban.

Al golpe de dados en aquella mañana, lanzado por el hastío le quedaban visibles las dos ovas enmarañadas en un nido de tucade los dioses, iba a serle totalmente adverso a la arrogancia vital del poderoso guajiro. Los finales de las silabas explicativas del profesor sonaron como crótalos funéreos en un ceremonial de la isla de Chipre. Los alumnos al retirarse, ya finalizada la clase, parecían disciplinantes que esperan al sacerdote druida para la ejecución. Leregas salió de la clase con la cabeza gacha y con aire bobalicón. EI profesor seriote, como quien acaricia el perro de un familiar muerto. Cuando ambos se cruzaron, una brusca descarga de adrenalina paso a los músculos de los brazos del profesor, de tal manera que su mano derecha, movida como un halcón, fue a retumbar en la mejilla derecha de Leregas y de inmediato su mano izquierda, cruzándose en aspa, en busca de la mejilla del presuntuoso vitalista. Leregas no tuvo una reacción de indignidad al sentir sus mejillas trocadas en un hangar para dos bofetadas suculentas. Dio un saIto de payaso, de bailador cínico, pesada ave de rio que da un triple saIto entontecido. EI mismo absorto de la clase ante el encandilamiento del faro alejandrino del guajiro siguió al súbito de las bofetadas.

EI profesor con serena dignidad fue a llevar sus quejas a la dirección, los alumnos al pasar podían descifrar el embarazo del dómine para explicar el inaudito sucedido. Leregas siguió caminando, sin mirar en torno, llegando al salón de estudio con la lengua fuera de la boca. Su lengua tenía el rosado brioso de un perro de aguas. Se podía comparar entonces el tegumento de su glande con el de su cavidad bucal. Ambos ofrecían, desde el punto de vista del color, una rosa violeta, pero el del glande era seco, pulimentado, como en acecho para resistir la dilatación porosa de los momentos de erección; el de la boca abrillantaba sus tonos, reflejados por la saliva ligera, como la penetración de la resaca en un caracol orillero. Aquella tontería, con la que pretendía defenderse del final de la ceremonia pirática, no estaba exenta de cierto coqueteo, de cierto rejuego de indiferencia y de indolencia, como si la excepcional importancia del acto que mostraba estuviera en el fuera de todo juicio valorativo. Su acto no había sido desafiante, solo que no hacia el menor esfuerzo de la -voluntad por evitarlo. La clase, en el segundo cuadrante de la mañana, transcurría en un tiempo propicio a los agolpamientos de la sangre galopante de los adolescentes, congregados para oír verdaderas naderías de una didáctica cabeceante. Su boca era un elemento receptivo de mera pasividad, donde la saliva reemplazaba el agua maternal. Parecía que había una enemistad entre esos dos órganos, donde la boca venía a situarse en el polo contrario del glande. Su misma bobalicona indiferencia se colocaba de parte de la femineidad esbozada en el rosado líquido de la boca. Su eros enarcado se abatió totalmente al recibir las dos bofetadas profesorales. EI recuerdo dejado por su boca en exceso húmeda recordaba como el falo de los gigantes en el Egipto del paleolítico, o los gigantes engendrados por los ángeles y las hijas de los hombres, no era de un tamaño correspondiente a su gigantismo, sino, por el contrario, un agujero, tal como Miguel Ángel pintaba el sexo en la creación de los mundos, donde el glande retrotraído esbozaba su diminuto cimborrio. Casi todos los que formaban el coro de sus espectadores recordaban aquella temeridad enarcante en una mañana de estío, pero Cemi recordaba con más precisión la boca del desaforado provinciano, donde un pequeño pulpo parecía que se desperezaba, se deshacía en las mejillas como un humo. resbalaba por la canal de la lengua, rompiéndose en el suelo en una flor de hielo con hiladas de sangre.

Después que Leregas fue expulsado del colegio, debemos retomar  el hilo del otro ejemplar pirático, Farraluque, que después de haber sido condenado a perder tres salidas dominicales volvió a provocar una prolongada cadeneta sexual. que tocaba en los prodigios. El  primer domingo sin salida vago por los silenciosos patios de recreo, por el salón de estudios que mostraba un vacíe dad total. EI transcurrir del tiempo se le hacia duro y lento, arena demasiado mojada dentro de la clepsidra. EI tiempo se le había convertido en una sucesión de gotas de arena. Cremosa, goteante, interminable crema batida. Quería borrar el tiempo con el sueño, pero el tiempo y el sueño marchaban de espaldas, al final se daban dos palmadas y volvían a empezar como en los inicios de un duelo, espalda contra espalda, hasta que llegaban a un número convenido, pero los disparos no sonaban. Y solo se prolongaba el olor del silencio dominical, la silenciosa pólvora algodonosa, que formaban nubes rápidas, carrozas fantasmales que llevaban una carta, con un cochero decapitado que se deshacía como el humo, a cada golpe de su látigo dentro de la niebla.

Farraluque volvía en su hastío a atravesar el patio, cuando observó que la criada del director bajaba la escalera con el rostro en extremo placentero. Su paso revelaba que quería forzar un encuentro con el sancionado escolar. Era la misma que lo había observado detrás de las persianas, llevándole el drolatico chisme a la esposa del director. Cuando pasó por su lado le dijo: -Por qué eres el único que te has quedado este domingo sin visitar a tus familiares? -Estoy castigado -le contestó secamente Farraluque-. Y lo peor del caso es que no sé por qué me han impuesto ese castigo. -EI director y su esposa han salido -le contestó la criadita-. Estamos pintando la casa, si nos ayudas, procuraremos recompensarte-. Sin esperar respuesta, cogió por la mano a Farraluque, yendo a su lado mientras subían la escalera. Al llegar a la casa del director, vio que casi todos los objetos estaban empapelados y que el olor de la cal, de los barnices y del aguarrás agudizaban las evaporaciones de todas esas substancias, escandalizando de súbito los sentidos. Al llegar a la sala le soltó la mano a Farraluque y con fingida, indiferencia trepó una escalerilla y comenzó a resbalar la -brocha chorreante de cal por las paredes. Farraluque miró en torno y pudo apreciar que en la cama del primer cuarto, la cocinera del director, mestiza mamey de unos diecinueve años henchidos se sumergía en la intranquila serenidad  aparente del sueño. Empujó la puerta entornada. EI cuerpo de la prieta mamey reposaba de espaldas .La nitidez de su espalda se prolongaba hasta la bahía de sus glúteos resistentes, como un rio profundo y oscuro  entre dos colinas de cariciosa vegetación. Parecía que dormía. El ritmo de su respiración era secretamente anhelante, el sudor que le depositaba el estío en cada uno de los hoyuelos de su cuerpo, le comunicaba reflejos azulosos a determinadas regiones de sus espaldas. La sal depositada en cada una de esas hondonadas de su cuerpo parecía arder. Avivaba los reflejos de las tentaciones, unidas a esa lejanía que comunica el sueño. La cercanía retadora del cuerpo y la presencia en la lejanía de la ensoñación.

Farraluque se desnudó en una fulguración y salto sobre el cuadrado de las delicias. Pero en ese instante la durmiente, sin desperezarse, dio una vuelta completa, ofreciendo la normalidad de su cuerpo al varón recién llegado. La continuidad sin sobresaltos de la respiración de la mestiza evitaba la sospecha del fingimiento. A medida que el aguijón leptosomatico macrogenitosoma la penetraba, parecía como si se fuera a voItear de nuevo, pero esas oscilaciones no rompían el ámbito de su sueño. Farraluque se encontraba en ese momento de la adolescencia en el que al terminar la cópula la erección permanece más allá de sus propios fines, convidando a veces a una masturbación frenética. La inmovilidad de la durmiente comenzaba ya a atemorizarlo cuando, al asomarse a la puerta del segundo cuarto, rio a la españolita que lo había traído de la mano igualmente adormecida. El cuerpo de la españolita no tenía la distensión del de la mestiza, donde la melodía parecía que iba invadiendo la memoria muscular. Sus senos eran duros como la arcilla primigenia, su tronco tenía la resistencia de los pinares, su flor carnal era una araña gorda, nutrida de la resina de esos mismos pinares. Araña abultada, apretujada como un embutido. El cilindro carnal de un poderoso adolescente era el requerido para partir el arácnido por su centro. Pero Farraluque había adquirido sus malicias y muy pronto comenzaría a ejercitarlas. Los encuentros secretos de la españolita parecían más oscuros y de más dócil desciframiento. Su sexo parecía encorsetado, como un oso enano en una feria. Puerta de bronce, caballería de nubios, guardaban su virginidad. Labios para instrumentos de viento, duros como espadas.

Cuando Farraluque volvió a saltar sobre el cuadrado plumoso del segundo cuarto, la rotación de la españolita fue inversa a la de la mestiza. Ofrecía la llanura de sus espaldas y su bahía napolitana. Su círculo de cobre se rendía fácilmente a las rotundas embestidas del glande en todas las acumulaciones de su casquete sanguíneo. Eso nos convencía de que la españolita cuidaba teológicamente su virginidad, pero se despreocupaba en cuanto a la doncellez, a la restante integridad de su cuerpo. Las fáciles afluencias de sangre en la adolescencia, hicieron posible el prodigio de que una vez terminada una conjugación normal, pudiera comenzar otra per angostam viam. Ese encuentro amoroso recordaba la incorporación de una serpiente muerta por la vencedora silbante. Anillo tras anillo, la otra extensa teoría fláccida iba penetrando en el cuerpo de la serpiente vencedora, en aquellos monstruosos organismos que aun recordaban la indistinción de los comienzos del terciario donde la digestión y la reproducción formaban una sola función. La relajación del túnel a recorrer demostraba en la españolita que eran frecuentes en su gruta las llegadas de la serpiente marina. La configuración fálica de Farraluque era en extremo propicia a esa penetración retrospectiva, pues su aguijón tenía un exagerado predominio de la longura sobre la raíz barbada.

Con la astucia propia de una garduña pirenaica, la españolita dividió el tamaño incorporativo en tres zonas, que motivaban, más que pausas en el sueño, verdaderos resuellos de orgullosa victoria. El primer segmento aditivo correspondía al endurecido casquete del glande unido a un fragmento rugoso extremadamente tenso, que se extiende desde el contorno inferior del glande y el balano estirado como una cuerda para la resonancia. La segunda adición traía el sustentáculo de la resistencia, o el tallo propiamente dicho, que era la parte que más comprometía, pues daba el signo de si se abandonaría la incorporación o con denuedo se llegaría hasta el fin. Pero la españolita, con una tenacidad de ceramista clásico, que con sólo dos dedos Ie abre toda la boca a la jarra, llego a unir las dos fibrillas de los contrarios, reconciliados en aquellas oscuridades. Torció el rostro y Ie dijo al macrogenitosoma una frase que este no comprendió al principio, pero que después lo hizo sonreír con orgullo. Como es frecuente en las peninsulares, a las que su lujo vital las lleva a emplear gran número de expresiones criollas, pero fuera de su significado, la petición dejada caer en el oído del atacante de los dos frentes establecidos, fue: la ondulación permanente.

Pero esa frase exhalada por el éxtasis de su vehemencia, nada tenía que ver con una dialéctica de las barberías. Consistía en pedir que el conductor de la energía se golpease con la mano puesta de plano la fundamentación del falo introducido. A cada uno de esos golpes, sus éxtasis se trocaban en ondulaciones corporales. Era una cosquilla de los huesos, que ese golpe avivaba por toda la influencia de los músculos impregnados de un eros estelar. Esa frase había llegado a la españolita como un oscuro pero sus sentidos Ie habían dado una explicación y una aplicación clara como la luz por los vitrales. Retiro Farraluque su aguijón, muy trabajado en aquella jornada de gloria, pero las ondulaciones continuaron en la hispánica espolique hasta que lentamente su cuerpo fue transportado por el sueño.

Se prolongó la vibración de la campana, convocando para la asistencia al refectorio. Era el único comensal en aquel salón preparado para  cuatrocientos alumnos ausentes en día del Señor. El mármol de la mesa, la blancura de las losas, la venerable masa del pan, las paredes de cal  apuntaladas por las moscas, trajeron con sus motivos de Zurbarán el contrapeso armonizador de aquel domingo orgiástico.

La cocinera del director se encontró el lunes por la noche con la criada de enfrente. Era la única sirvienta de un matrimonio cerca ya  de la cuarentena fatal para los desgastes de la reproducción. Observaba día y noche el inmenso tedio de la pareja a la que servía. El aburrimiento era ya el único imán aglutinante de caminos. Cuando se ayuntaban en espaciado tiempo, el reloj de ese encuentro chirriaba por la oxidación del disgusto cotidiano del malhumor en punta. Parte de la frustraci6n del ejemplar femenino, se vaciaba en interminables conversaciones drolaticas con la criada, al mismo tiempo que le rascaba unos pies reñidos al minueto. La criada le repetía a la señora todo el relato que a su vez había recibido de la cocinera aun con el recuerdo de la fiebre en el éxtasis de recibir tamaño aguijón. La señora exigía reiteraciones en el relato, detalles en las dimensiones, minuciosas pruebas en las progresiones de lamentos y hosannas del encuentro dichoso. La hacia detenerse, volver sobre un fragmento del suceso, dilatar un instante en que el sueño fingido estuvo a punto de trocarse en un alarido guerrero lo en las murmuraciones de la flauta. Pero tanto demandaba la señora en el relato las detalladas descripciones de la lanza y el cuenco, que la criada le decía con extrema humildad: Señora, eso únicamente se puede describir bien cuando uno lo tiene delante, pero, créame, entonces ya uno se olvida de todo y después no puede describir nada en sus detalles-

Llegadas las diez de la noche tibia, la criada comenzó a cerrar las ventanas de la sala, a bajar las ventanas polvosas, preparó el termo para la mesa de noche de la señora. Descorrió  las sobrecamas, sacudió los almohadones de la cama que mostraban una voluptuosidad no surcada. Media hora después la señora ganaba el sueño entrecortado por unos suspiros anhelosos. ¿Qué extrañas mariposas venían a posarse al borde mismo de su descanso nocturno?

El segundo domingo para el sancionado transcurrió con un aro subiendo y bajando las hondonadas de un tedio de agua embotellada. Al llegar el crepúsculo una leve brisa comenzó insinuarse con cautela. Un garzón miquito, hermano de la llamada cocinera mamey, penetró por el patio del colegio en busca de Farraluque. le dijo que en la casa de enfrente, la señora quería también que Ie ayudara a pintar la casa. El priápico sintió el orgullo de que su nombre se extendía de la gloria del patio de la escuela a la fama más anchurosa de la vecinería.

Cuando penetró en la casa, vio· la escalerilla y a su lado dos cubos de cal, más lejos la brocha, con las cerdillas relucientes, sin ningún residuo de un trabajo anterior. Estaba la brocha sin haber perdido su intacta alegría de un rebuscado elemento para una naturaleza muerta de algún pintor de la escuela de Courbet. Como en una escenografía se situaba de nuevo una puerta entornada. La madura madona fingía sin destreza un sueño de modorra sensual. Farraluque también se creyó obligado a no fingir que creía en la dureza de semejante estado cataléptico. Así, antes de desnudarse, hizo asomar por los brazos todo el escándalo de las progresiones elásticas de su lombriz sonrosada. Sin abandonar el fingimiento de la somnolencia, la mujer empezó a alzar los brazos, a cruzarlos con rapidez, después ponía los dedos índice y medio de cada mano sobre los otros dos, formando un cuadrado que se soldaba y se rompía frente a las proximidades de la Nike fálica. Cuando Farraluque saltó sobre el cuadrado espumoso por el exceso de almohadones, la mujer se curvó para acercarse a conversar con el instrumento penetrante. Sus labios secos al comienzo, después brevemente humedecidos, comenzaron a deslizarse por la filigrana del tejido poroso del glande.

Muchos años más tarde el recordaría el comienzo de esa aventura, asociándola a una lección de historia, donde se consignaba que un emperador chino, mientras desfilaban interminablemente sus tropas, precedidas por las chirimías y atabales de combate, acariciaba una pieza de jade pulimentada casi diríamos con enloquecida artesanía. La viviente intuición de la mujer deseosa Ie llevó a mostrar una impresionable especialidad en dos de las ocho partes de que consta un opoparika o unión bucal, según los textos sagrados de la India. Era el llamado mordisqueo de los bordes, es decir, con la punta de dos de sus dedos presionaba hacia abajo el falo, al mismo tiempo que con los labios y los dientes recorría el contorno del casquete.

Farraluque sintió algo semejante a la raíz de un cabello encandilado mordido por un tigre recién nacido. Sus dos anteriores encuentros sexuales, habían sido bastos y naturalizados, ahora entraba en el reino de la sutileza y de la diabólica especialización. EI otro requisito exigido por el texto sagrado de los hindúes, y en el cual se mostraba también la especialidad, era el pulimento o tomadura de la alfombrilla lingual en tomo a la cúpula del casquete, al  mismo tiempo que con rítmicos movimientos cabeceantes, recorría toda la extensión del instrumento operante, pero la madona a cada recorrido de la alfombrilla se iba extendiendo con cautela hasta el círculo de cobre, exagerando sus transportes; como si estuviese arrebatada por la bacanal de Tannhauser tanteaba el frenesí ocasionado por el recorrido de la extensión fálica, encaminándose con una energía imperial hacia la gruta siniestra. Cuando creyó que la táctica coordinada del mordisqueo de los bordes y del pulimento de la extensión iban a su final eyaculante, se lanzó hacia el caracol profundo, pero en ese instante Farraluque llevó con la rapidez que sólo brota del éxtasis su mano derecha a la cabellera de la madona, tirando con furia hacia arriba para mostrar la arrebatada Gorgona, chorreante del sudor ocasionado en las profundidades.

Esta vez abandonó la cama, mirando con ojos de félida la alcoba próxima. EI final del encuentro anterior tenía algo de morderse la cola. Su final tan solo agrandaba el deseo de un inmediato comienzo, pues la extrañeza de aquella inesperada situación, así como la extremada vigilancia ejercida sobre la Circe, afanosa de la gruta de la serpiente, había impedido que la afluencia normal de su energía se manifestase libremente. Quedaba un remanente, que el abrupto final había entrecortado, pesándole un cosquilleo en la nuca, como un corcho inexorable en la línea de flotación.

Con una altiva desnudez  ya sabía lo que le esperaba, penetró en el otro cuarto. Allí estaba el miquito, el hermano de la cocinera del director. Acostado de espaldas, con las piernas alegremente abiertas, mostraba el mismo color mamey de la carne de la hermana, brindando una facilidad extrema, pero lleno de complicaciones ingenuas casi indescifrables. Fingía el sueño, pero con una malicia bien visible, pues con un ojo destapado y travieso le daba la vuelta al cuerpo de Farraluque, deteniéndose después en el punto culminante de la lanza.

Su mestizaje no se revelaba en la asimetría del rostro, sino en la brevedad exagerada de la nariz, en unos labios que mostraban la línea de un morado apenas visibles, en unos ojos verdosos de felino amansado, la cabellera cobraba una extensión de exagerada uniformidad, donde era imposible para la mirada aislar una hebra del resto de un grosor de noche cuando va a llover. El ovalo del rostro se cerraba con suavidad, atractivo para la sonriente pequeñez de las partes que albergaba. Los dientes pequeños de un blanco cremoso, ensenaba un incisivo cortado en forma triangular, que al sonreír mostraba la movilidad de la punta de su lengua, como si fuese tan solo la mitad de la de una serpiente bífida. La movilidad de los labios se esbozaba sobre los dientes, tiñéndolos como de reflejos marinos. Tenía tres collares extendidos hasta la mitad del pecho. Los dos primeros de una blancura de masa de coco. El otro mezclaba una semilla color madera con cinco cuentas rojas. El siena de su cuerpo profundizaba todos esos colores, dándoles un fondo de empalizada de ladrillo en el mediodía dorado. La astuta posición del miquito decidió a Farraluque para que aceptase el reto del nuevo lecho con las sabanas onduladas por las rotaciones del cuerpo que mostraba, como una lejana burla sagrada. Antes de penetrar Farraluque en el cuadro gozoso, observó que al rotar Adolfito, ya es hora que Ie demos su nombre, mostró el falo escondido entre las dos piernas, quedándole una pilosa concavidad, tensa por la presión ejercida por el falo en su escondite. Al empezar el encuentro Adolfito rotaba con increíble sagacidad, pues cuando Farraluque buscaba apuntarlo, hurtaba la rota de la serpiente, y cuando con su aguijón se empeñaba en sacar el del otro de su escondite, rotaba de nuevo, prometiéndole mas remansada bahía a su espolón.

Pero el placer en el miquito parece que consistía en esconderse, en hacer una invencible dificultad en el agresor sexual. No podía siquiera lograr lo que los contemporáneos de Petronio habían puesto de moda, la copula interfemora, el encuentro donde los muslos de las dos piernas provocan el chorro. La búsqueda de una bahía enloquecía a Farraluque, hasta que al fin el licor, en la parábola de su hombría, salto sobre el pecho del miquito deleitoso, rotando este al instante, como un bailarín   prodigioso, y mostrando, al final del combate su espalda y sus piernas de nuevo diabólicamente abiertas, mientras rotando de nuevo frlccionaba con las sabanas su pecho inundado de una savia sin finalidad.

El tercer domingo de castigo, los acontecimientos comenzaron a rodar y a enlazarse desde la mañana. Adolfito se salió de su hermandad con la cocinera del director para deslizarse hasta el patio y así poder hablar con Farraluque. Ya el había hablado con las dos criadas del director, para que Farraluque pudiera ausentarse del colegio al comenzar el crepúsculo. Le dijo que alguien, seducido por su arte de pintar con cal, lo quería conocer. Le dejó la llave del sitio donde habían de coincidir y al despedirse, como para darle seguridad, Ie dijo que si tenía tiempo iría a darle compañía. Como ya Farraluque descifraba con excesiva facilidad lo que quería decir para la pintura de cal, se limitó a inquirir por el alguien que debería ir a visitar. Pero el miquito le dijo que ya lo sabría, chasqueando la lengua en la oquedad de su incisivo triangular.

Los habaneros olfatean, entre las cinco y las seis de la tarde del domingo, ese tedio compartido por las familias, padres e hijos, que abandonan el cine y van de retirada para su casa. Es el momento invariablemente angustioso en que la excepción del tedio se entrega a lo cotidiano soportado por el hombre que rumía su destino, no que lo dirige y lo consume. Farraluque salió de la vaciedad de un patio escolar, en vacaciones de fin de semana, al reto mayor del tedio fuerte en los estados de ánimo, en el sistema nervioso de una ciudad. En el primer café de la esquina, pudo observar como el padre de una niña intentaba quitarle la grasa residual de un mantecado de su blusa blanca con puntitos azules. En la otra esquina una manejadora, toda de blanco, intentaba arrancar a una rama del farol donde se había trabado su globo rojo con negros signos islámicos. Cerca de la alcantarilla, un garzón soltaba su trompo, traspasándolo después a la palma de la mano. Se rascaba la mano, se sentaba en el quicio, después miraba de un extremo de a  otro de la    de la calle. Llegó al número convenido Concordia. Introdujo el llavín, se desprendió como un cisco y dió un paso casi tambaleándose, pues había llegado a un bosque de niebla. En qué profundos había caído? Después que su vista se fue acostumbrando, pudo darse cuenta que era una carbonería en donde se encontraba. Las primeras divisiones que rodeaban todo el cuadrado, estaban dedicadas al carbón ya muy dividido, para que los clientes se lo fueran llevando en cartuchos. Más arriba, los sacos traídos de la Ciénaga, grandes como pedruscos, extensos como filamentos de luz fría. Por último, las tortas de carbón para favorecer el crecimiento de la llamarada inicial, cuyo surgimiento le arrancaba tantas maldiciones a los cocineros del siglo pasado, pues había que ser muy diestro para poner a dialogar en su oportunidad el fragmento más combustible de la madera con los pellizcos de la llamarada irritante.  calle, muy lentamente.

Se adelantó para ver una diminuta pieza, iluminada por un pequeño ojo de buey. Allí se encontraba un hombre, con una madurez cercana a la media secularidad, desnudo, con las medias y los zapatos puestos, con un antifaz que hacia su rostro totalmente irreconocible. Apenas vio la presencia del esperado, se saltó casi para la otra pieza donde la niebla de carbón parecía que pintaba. Como un sacerdote de una hierofania primaveral, empezó a desnudar al priápico como si Ie tomase, acariciando y saludando con un sentido reverencial todas las zonas erógenas, principalmente las de mayor longura carnosa. Era regordete, blancón, con pequeños oleajes de grasa en la región ventral. Farraluque comprobó que su papada era del tamaño de su bolsa testicular. La maestría en la incorporación de la serpiente  era total, a medida que se dejaba ganar por el cuerpo penetrante se ponía rojo, como si en vez de recibir fuese a parir un monstruoso animal.

EI tono apoplético de este tan poderoso incorporador del mundo exterior fue en crescendo hasta adquirir verdaderos rugidos oraculares. Con las manos en alto apretaba los cordeles que cerraban los sacos carboníferos, hasta que sus dedos comenzaron a sangrar. Recordaba esas estampas, donde aparece Bafameto, el diablo andrógino, poseído por un cerdo desdentado, rodeada la cintura por una serpiente que se cruza en el sitio el sexo, inexorablemente vacío, a la altura de su falo, que no cumplía la ley de la biología evolutiva de que a mayor función mayor órgano, pues, a  pesar del neutro empleo que le impartía, su tamaño era de una insignia excepcional, lo que hizo reír a Farraluque, pues lo que en él era una presea de orgullo, algo para mostrar a los trescientos alumnos del patio de los primanos, en el sujeto recipiendario era ocultamiento de indiferencia, flaccidez desdentada por las raíces de la vida. A esa altura indicada, su falo acostumbrado a eyacular sin el calor de una envoltura carnal, se -agito como impulsado por la levedad de una brisa suave, pues dentro de la carbonería hacía un calor de máquina de vapor naval. Los cuerpos sudaban como si se encontraran en los más secretos pasadizos de una mina de carbón. Introdujo mostrando su cabeza la serpiente, fláccida, en oscilante suspensión. A la altura de su falo, que no cumplía la ley de la biología evolutiva de que a mayor función mayor órgano, pues, a  pesar del neutro empleo que le impartía, su tamaño era de una insignia excepcional, lo que hizo reír a Farraluque, pues lo que en él era una presea de orgullo, algo para mostrar a los trescientos alumnos del patio de los primanos, en el sujeto recipiendario era ocultamiento de indiferencia, flaccidez desdentada por las raíces de la vida. A esa altura indicada, su falo acostumbrado a eyacular sin el calor de una envoltura carnal, se -agitó como impulsado por la levedad de una brisa suave, pues dentro de la carbonería hacía un calor de máquina de vapor naval. Los cuerpos sudaban como si se encontraran en los más secretos pasadizos de una mina de carbón. Introdujo la vacilante verga en una hendidura de carbón, sus movimientos exasperados en los momentos finales de la pasión, hicieron que comenzara a desprenderse un cisco-Tiraba de los cordeles, le daba puñetazos a la concavidad de los sacos, puntapiés a los carbones subdivididos para la venta a los clientes más pobres. Esa sanguínea acumulación de su frenesí, motivaron la  hecatombe final de la carbonería. Corría el cisco con el silencio de un rio en el amanecer, después los carbones de imponente tamaño natural, aquellos que no están empequeñecidos por la pala, rodaban como en una gruta polifónica. Farraluque y el señor del antifaz fueron a refugiarse a la pequeña p  El ruido de las tortas de carbón vegetal, burdos panales negros, era más detonante y de más arrecida frecuencia. Por la pequeñez del local, toda la variedad del carbón venía a rebotar, golpear o a dejar irregulares rayas negras en los cuerpos de estos dos irrisorios gladiadores, unidos por el hierro ablandado de la enajenación de los sexos.

El carbón al chocar con las losetas del suelo no sonaba en directa relación con su tamaño, sino se deshacía en un crujido semejante a un perro danés que royese a un ratón blanco. Todos los sacos habían perdido su equilibrio de sostén, como si todos ellos hubieran sido golpeados por el maldito furor retrospectivo del caballero del antifaz. Farraluque y su sumando contrario no podían en la pequeña pieza contigua sostener el hundimiento de la mina. Muy pronto desistieron de cumplimentar el final de su vestimenta y solo se cubrieron con las piezas para el indispensable pudor. Salió primero el del antifaz, con pliegues faciales tan rubicundos por la entrecortada aventura. Al llegar a la esquina pudo ver de soslayo el globo rojo con negros signos islámicos, que aun seguía golpeando el cínico farol sonriente.

Farraluque sólo tuvo tiempo para ponerse los zapatos, el pantalón y el saco con una espiral negra que recorría todo su espaldar. Cruzo las solapas del saco para no mostrar la vellosilla del pecho. Vio en el centro de la calle, sentados en alegre bisbiseo, al del trompo con Adolfito. Para irse quitando el susto, Farraluque se sentó con los dos golfillos. Creyendo penetrar en su alegría, el miquito le sonreía pensando en su fiesta sexual, pues estaba en ese momento en que la cópula era igualmente placentera para el si la ejercía con una albina dotada de la enorme protuberancia de un fibroma, como en un tronco de palma. No asociaba el placer sexual a ningún sentido estético, ni siquiera a la fascinación de los matices de la simpatía. igualmente la presencia activa o pasiva de la copula dependía de la ajena demanda. Si la vez anterior que había estado con Farraluque, se había mostrado tan esquivo no era por subrayar ningún prejuicio oral, sino para preparar posteriores aventuras. La astucia era en el mucho más fuerte que la varonía, que Ie era indiferente y aún desconocida.

-Ya sabes quién era el alguien que te esperaba? -le dijo Adolfito, tan pronto se alejó tirando de los cordeles del muchacho con quien hablaba.

Farraluque contestó alzando los hombros. Después se limitó a decir: -No me intereso quitarle el antifaz. -Pues detrás del antifaz, te hubieras encontrado con la cara del esposo de la señora de enfrente del colegio. Aquella que tuviste que tirarle del pelo… termino Adolfito sonriéndose.

Llegó el último día de la clase, por las vacaciones de Navidad, y José Cemi después de despedirse de los poquísimos amigos que tenía en el colegio, penetró en su casa cerca de las cinco de la tarde, pues estuvo un rato sentado en el banco de enfrente de su casa viendo la marcha de los patinadores hacia el Malecón. Al pasar por la verja, entre la puerta mayor y la puerta por la que se entraba al comedor, observó ya a su tía Leticia y a doña Augusta, hablando con incesancia de su próximo viaje a Santa Clara. -Estoy enferma -decía Leticia-, y  me tienes que acompañar, pues si no lo hicieras, no serías una buena madre-. La conversación unas veces se remansaba, cuando Leticia tenía el convencimiento de que su madre la acompañaría en su viaje; otras se volvía intranquila, cuando las voces se alzaban y se cruzaban, y era cuando dona Augusta alegaba que tenía su casa abandonada, que sus otros hijos necesitaban de ella, que estaba aburrida de vivir en provincia cuando tenía casa en Prado. En esos momentos dubitativos para su compañía, se exasperaba su habitual histerismo, apretaba los dientes y sollozaba, reclamaba las sales, se extendía en el sofá, como si estuviera extremadamente mareada.

-Está bien -decía dona Augusta, condescendiendo en hacer sus valijas-, me volveré air, todas mis cosas quedaran abandonadas. Rialta se volverá a quedar sola con sus muchachos, hundiéndose cada vez más en el recuerdo de José Eugenio. Tu egoísmo, Leticia, es la única enfermedad que tienes y una madre acaba siempre por someterse al egoísmo de sus hijos. Además, encuentro a Horaciodía tras día más propenso a la melancolía, apenas quiere salir a pasear, por otra parte, Alberto esta cada día más majadero. Demetrio lo pierde de vista semanas enteras, y cuando regresa esta muy intranquilo y para vencer esa intranquilidad apela a procedimientos que lo vuelven más intranquilo aún, basta llegar a pelearse con el propio Demetrio, que lo tolera sólo por las cosas que me tiene que agradecer de su época de estudiante sin blanca, pero la verdad que ya comienza a cansarse, pues su mujer lo hostiga para que ponga un límite a su paciencia. Cuando, Leticia, me arrastras, todo eso queda abandonado y así nos vas llevando a la dispersión y al caos.

Leticia, al ver que llegaba Joseito, como ella Ie decía a José Cemi, se dirigió a Rialta, diciéndole: -Si tu quisieras yo me llevaría a Joseito para que pasase dos semanas conmigo, él no ha estado en el campo, saldrá a ver algún ingenio, alguna granja. Montaría a caballo por la mañana y eso Ie haría mucho bien para su asma. Lo encuentro que vive muy retraído para su edad. Le hace falta salir, tratar a más gente, tener amigos. Parece que nada más Ie gusta oírlos a ustedes, cuando Ie hacen relatos de las Navidades de Jacksonville, de la muerte de los abuelos y sobre todo de la muerte de su padre. Así lo van haciendo tímido ya he visto que cuando alguien viene de visita, sale corriendo a esconderse -en realidad Leticia no decía ninguna de esas cosas para inclinar o convencer a Rialta de que Ie diera permiso para acompañarle en su viaje a Santa Clara, sino para incluir a alguien más de la familia en el sequito de dona Augusta, creyendo que así fortalecía su causa.

Cemí oía la escena con indiferencia, pues en esas solicitaciones familiares le gustaba que fuese su madre la que escogiese. -Yo creo que le haría bien -contesto Rialta aunque en el fondo no le gustaba separarse de sus hijos-. El aire del campo le hará bien a su asma, aunque es una enfermedad tan rara y especial que a lo mejor le sucede con tantas yerbas y flores que empeora. Pero como va a estar poco tiempo, porque eso sí -dijo cambiando de acento en la expresión-, si está más tiempo iré yo misma a buscarlo.

-No llegaremos a ninguna nota trágica -contesto Leticia disimulando con u.na sonrisa el efecto desagradable causado por las palabras de Rialta-. A las dos semanas ya está de nuevo contigo -volvió a decir Leticia-, con menos asma y contentísimo y queriendo preparar una nueva excursión.

Rialta consintió para hacerle más agradable los primeros días de doña Augusta, en su traslado un poco forzado para Santa Clara, que estuviese acompañada por uno de sus nietos, para que no fuese tan brusca la separación del resto de la familia. Sabía que Leticia era un temperamento abusivo y dada a la satisfacción de sus menores deseos domésticos. El resentimiento que le había comunicado el casarse con un hombre mayor en edad, del que nunca estuvo enamorada, unido a los años que había tenido que pasar en provincia, una Olaya como ella, que pertenecía a la crema de la crema, a la aristocracia con casa propia en Prado, la habían vueIto muy tenaz en agrandar los detalles de su vivir cotidiano, queriéndolos convertir en una cabalgata convergente hacia sus deseos. Por lo menos en la despedida José Cemi y doña Augusta estarían en su bando, es decir en su momentánea compañía en el momento de regreso a la provincia.

Sonaron los primeros avisos para que el tren se pusiera en marcha. Augusta, Rialta con sus tres hijos, Leticia y su esposo, con sus dos hijos, y Demetrio, siempre alegre por la contemplación del esposo de Leticia, que le recordaba los amenos días de Isla de Pinos. Se rompió la fila horizontal, pasando los familiares que iban a hacer el viaje al interior de los vagones. Desde la muerte de su padre, Cemi asociaba toda separación a la idea de la muerte. El regreso de toda partida era la ausencia del morir.

A medida que fueron pasando los años, paradojalmente, esa sensación de muerte que se entrelazaba a sus estados de laxia los comienzos de toda somnolencia o a la resistencia de un asno que no se doblega, lo fueron llevando, al cobrar conciencia de esos estados de abstemia, a sentir la vida como una sobre la que se desenvuelve un espeso zumbido, sin comienzo, sin finalidad, expresión para esos estados de ánimo que redujo con los anos, hasta decir con sencillez que la vida era un bulto muy atado, que se desataba al caer en la eternidad.

El tren ya se alejaba y la progresiva lejanía hizo que se fijasen el rostro de su madre, tal vez como nunca lo había hecho. Observó la nobleza serena de su rostro, revelada en sus ojos y en la palidez de su pie!. La lejanía parecía ya el elemento propio para que sus ojos adquirieran todo su sentido, el respeto por sus hijos y sus profundas intuiciones familiares. Al paso del tiempo seria el centro sagrado de una inmensa dinastía familiar. Su serenidad, la espera, sin precipitación innoble o interesada, en el desarrollo de las virtudes de sus hijos. Cuando Cemi se acomodó en el asiento al lado de su abuela, pudo observar el contraste de los dos rostros. Sobre un fondo común de semejanzas, comenzaban a iniciarse sutiles diferencias, dona Augusta aun lucia majestuosa y con fuerza suficiente para dominar toda la asamblea familiar. Pero la muerte que la trabajaba ya por dentro era aún más majestuosa que su innata majestuosidad. En su espera se veía ya frente a ella a la muerte que también esperaba. Sus ojeras y los pliegues de la cara se abultaban, avisando la enemistad del corpúsculo de Malpighi con las cuatro casas del corazón. La disminución de su fortuna, las majaderías insolentes de Alberto, la muerte del Coronel, el histerismo de Leticia, en dosis desiguales la intranquilizaban de tal modo que su enfermedad iba venciendo su indiferencia para atenderla con los médicos, preparando su sombría despedida. La lejanía le hizo visible el rostro de su madre, ascendiendo a la plenitud de su destino familiar. La marcha del tren, en la rapidez de las imágenes que fijaba, le daba al rostro de dona Augusta, miríadas de pespuntes que se deshacían de una figura oscilante hacia una nada concreta como una máscara.

Cemi encontró cierto placer en la litera, en contra de su tía, fingiendo náuseas y disgustillos por cuanto veía y tocaba, con su reducción de todas las cosas de uso doméstico, la cama, el servicio, pero lo  que más le despertó la atención toda la noche, como era costumbre cuando dormía fuera de su casa, que transcurrió para el en vela, fue la hipostasis 15 que alcanzó el tiempo, para hacerse visible, a través de su transmutación en una incesante línea gris que cubría la distancia. Cerraba los ojos y lo perseguía la línea gris, como si fuese una gaviota que se metamorfoseara en la línea del horizonte, animándolo después con sus chillidos en sus recuerdos de medianoche. Entonces, la línea, al oscilar y reaparecer parecía que chillaba. La tía Leticia había invitado al hijo de un abogado muy señorial y de un criollismo fiestero, pero de muy noble pinta, por su acuciosidad y fidelidad con la suerte de sus clientes, lo mismo colonos áureos que empleadillos que venían a correr el expediente para jubilarse. El padre de Ricardo Fronesis, que así se llamaba el joven, era de los letrados que aceptaban o rechazaban los asuntos, de acuerdo con una recta y no sofisticada interpretación de la ley. Su vida de provincia eran las horas que se pasaba en su biblioteca. El ejercicio de su carrera era un paseo fuera de su biblioteca, copiosa y diversa, en las horas de la mañana, un repaso de algunos amigos y sobre todo una clásica manera de dosificar el ocio. Su padre había sido un habanero muy dado a los viajes, pero al morir, su hijo se acordó que tenía una carrera con la que podía ayudar a su madre y decidió irse a la provincia, después de su aventura matrimonial en Europa, pues el dinero que tenía que allegar lo conseguía con menos dolorosa competencia. Era amigo del médico esposo de Leticia, pero con una amistad no dictada por la simpatía, sino por los irrechazables trazos de profesionales, que en las provincias son una exigencia inquebrantable del tedio y de la costumbre. A las siete de la mañana ya Ricardo Fronesis tocaba la puerta de la tía Leticia. Con cierta sorpresa, pues la puntualidad había sido exactísima, la casa se puso en movimiento para recibir al visitante. Pero ya sabemos que a Jose Cemi, cuando tenía que dormir en casa de algún pariente, se le endurecían los párpados refractarios del suelo. Así pudo salir de inmediato a recibir a Ricardo Fronesis y evitarse todas las pamemas de presentación provinciana, con enumeración de méritos y horóscopos de familiares presentes y ausentes ilustres. Rápidamente percibió que Fronesis era muy distinto de lo que hasta entonces había tratado en el colegio y en la vecineria. -Mi padre siempre quiere que me presente a la hora en punto de la cita, pero como todas las virtudes que heredamos, desconocemos el riesgo de su adecuación. Llego a la hora -añadió con gracia juvenil-, y toda la casa duerme. Pero ya usted ve como siempre esas virtudes familiares nos salvan, usted parece que estaba desvelado, yeso hace que yo más que un visitante, sea la primera compañía que deshace el desvelo y nos dice que ya ha empezado una nueva mañana.

Cemi admiró esa rapidez de un adolescente provinciano para, prescindiendo de la presentación, situarse en los principios de un trato amistoso. Había hablado sin titubeos, con una seguridad señorial de burguesía muy elaborada por el aprendizaje noble de la cortesana más exquisita. En manera ninguna su cortesía lograba eliminar las líneas viriles de su cuerpo y la belleza de su rostro.

Lo demás de la excursión al ingenio Tres suertes fue para estampa, que hizo retroceder la conversación a una categoría de telón de fondo. El elemento plástico se impuso al verbal. La tía Leticia cubría el rostro con una tupida redecilla, tan paradojal en una excursión campestre, que parecía que los pájaros huían ante el avance de la maquina por la carretera que iba al ingenio, temerosos de ser cogidos en esas redes. La mañana en triunfo, de-una nitidez avasalladora, se negaba a justificar la aparición del esposo de Leticia, con un guardapolvo que dejaba caer sin gracia el extremo de un anchuroso cinto anaranjado, puesto de moda por Ralph de Palma en la época de las carreras en pista, con consultas a las mesas metasíquicas, para comprobar si el Moloch  de la velocidad pedía sangre. Otra estampilla gloriosa, al dejar la máquina para lograr el trencillo que los llevaría al Tres suertes, Leticia distribuyó, de acuerdo con un ordenamiento que solo tenía su consentimiento -la descomposición de una fila, primero ella, desde luego, y después su esposo, Ricardo Fronesis, Jose Cemi, y, por último, el mayor de sus dos hijos-, los asientos en el tren dirigido por un jamaicano casi rojo, que a intervalos sonaba un pitazo para anunciar la convocatoria de los tripulantes en aquel sitio y dar la señal de despedida. Leticia ~ valía de toda clase de sutilezas, desde la Interposlcl0n momentánea de su figura cuando la fila se hacía irregular de acuerdo con su ordenamiento o una mirada dejada caer sobre su hijo, con una intensidad graduada de acuerdo con su sentido de la ajena observación.

El Tres suertes era un cachimbo de mediados del siglo XIX, estirado a ingenio al principio de la República, muy alejado del gran central de la plenitud de la zafra en las cuotas asignadas. Su propietario era el Coronel de la Independencia Castillo Dimas, que pasaba tres meses en el ingenio en la época de la molienda , tres meses en unos cayos que tenía por Cabañas, sitio todo edénico donde se dormía como una gaviota, se comía como un cazón y se aburría como una marmota en el paranirvana. Pasaba tres meses también con la querindanga habanera, untuosa mestiza octavona ascendida a rubia pintada, dotada de una escandalosa prolijidad gritona en los placeres conyugales. Y el coronel se reservaba para lo mejor de sí mismo, como acostumbraba decir, tres meses por los sótanos de Paris en los que, a la manera de los ofitas, le rendía culto a la serpiente del mal. Cuando precisaba que venía visita al Tres suertes, comía en  su casa y salía después pintiparado con su guayabera de rizados canelones y su pantalón de un azul murillesco, donde el pañuelo rizoso, en el bolsillo posterior derecho, se hacía una nube con grandes iniciales, angelitos en las esquinas. En el centro de todas aquellas máquinas estaba una anchurosa cubeta con un ancho de boca de metro y medio, donde por una canaleta se deslizaba la espesa melaza, densa como el calor hiriente. Alrededor de la cubeta, con una atención que parecía extraer peces del líquido, el grupo de visitantes, ordenados también alrededor del circulo de acuerdo con la -Ahí viene Godofredo, el Diablo -dijo Fronesis, para romper la monotonía de los veedores, aunque procurando que solo Cemi lo oyese.

Pasaba frente al grupo estacionado en el contorno de la cubeta un adolescente de extrema belleza, el pelo rojizo como la llama del azufre. Blanquísima la cara, los reflejos de la llamarada del pelo se amortiguaban en una espiral rosada que se hundía, enrojeciéndose, en el cuello claroscuro. Se acercó o mejor, se detuvo, para mirar el grupo en tomo a la cubeta, cierto que con visible indiferencia. Traía la camisa desabotonada, las mangas cortas, los pantalones remangados, sin medias, así Cemi pudo observar como la espiral que se inauguraba con tonos rosados se iba agudizando hasta alcanzar un rojo total por todo su cuerpo, que hacía muy visible la dichosa energía de la mancha y los demonios de esa energía tan caros a Blake.. Cuando Cemi oyó, Godofredo el Diablo, Ie pareció que oía aquellos nombres, Tiriel, Ijina o Heuxos, que había subrayado en sus primeras lecturas de Blake.

Toda la belleza de Godofredo el Diablo estaba ganada por una furia semejante a la del oso tibetano, llamado también demonio chino, que describe incesantes círculos, como si fuera a morderse a sí mismo. Estaba entuertado y con el ojo de Polifemo que le quedaba, miraba a todos con reto de maligno, como si por todas partes por donde pasase conociesen su vergüenza. El ojo de nublo era el derecho, el que los teólogos llaman el ojo del canon, pues al que le faltaba no podía leer los libros sagrados en el sacrificio. El que no tuviese ese ojo jamás podrí ser sacerdote. Parecía como si inconscientemente Godofredo supiese el valor intrínseco que los cánones le dan a ese ojo, pues se contentaba con ser Godofredo el Diablo. Detrás de la nube que cubría su ojo derecho, su pelo de una noble sustancia como el de los animales más fieros, dardeaba en la cuerda de los arqueros del sequito del domador de potros. Su inquieta belleza lo asemejaba a un guerrero griego, que al ser herido en un ojo se hubiese pasado a la fila de los sannatas en sus crueles bullicios.

Bello Polifemo adolescente, al ver que todos se fijaban en su único ojo alzado, maldecía por cada uno de los poros de su belleza jamás reconciliada. El esposo de Leticia se perdió en vagarosas estadísticas, conversando con el coronel Castillo Dimas sobre la zafra presente, los convenios, la comparanza con los residuos de mieles de años anteriores. En fin, aquella ridícula temática azucarera, como decían los hombres de aquella generación, que hacía que los expertos en problemas azucareros fueran más importantes que todo el país inundado por el paisaje en verde de las canas. Fronesis sabía disimular su aburrimiento, a cada mirada inexpresiva colocaba una sonrisa cultivada como don bondadoso traído por su madre; el hijo mayor de Leticia no sabía disimular su aburrimiento y con una frecuencia que se hacía más reiterada al paso de la cinta de las estadísticas, regalaba el caimán de un bostezo.

Un tirón de la fisiología la lIevó al fingido romanticismo. Le ordeno al chofer que se detuviese, pues siempre que iba al campo entrecortaba un alegato de soledad y de afán de abrazar las buganvillas. Nadie se movió de la máquina, como si compartiesen el secreto, de ese romanticismo tardío. Cuando regreso, ya caído el crepúsculo, donde estuvo parada para ceñirse con las buganvillas, se veía un circulo que abrillantaba las yerbas y un pequeño grillo exangües ya para poder fluir por la improvisada corriente.

Cuando la familia del doctor Santurce se despidió de Ricardo Fronesis, formularon asistentes aunque no verídicos deseos de que se quedara a comer con ellos. Se disculpó Fronesis, alegando un examen matinal, pero ya casi al final de la despedida se viro hacia Cemi y Ie dijo en entero preludio de una amistad gustosa, que mañana, después de las cinco, lo vendría a buscar para un provinciano café conversable.

Al día siguente no  lo fue a buscar, pero a las cinco menos· cuarto Fronesis lo llamo por teléfono, diciéndole que lo esperaba en el café Semiramis , al lado del hotel de frontis colonial, del cual era como una prolongación oficiosa.

Por primera vez Cemi, en su adolescencia, se sintió llamado y llevado a conversar a un rincón. Sintió como la palabra amistad tomaba carnalidad. Sintió el nacimiento de la amistad. Aquella cita era la plenitud de su adolescencia. Se sintió llamado, buscado por alguien, más allá del dominio familiar. Además Fronesis mostraba siempre, junto con una alegría que brotaba de su salud espiritual, una dignidad estoica, que parecía alejarse de las cosas para obtener, paradojalmente, su inefable simpatía. Fronesis le dijo al entrar en la conversaci6n que había preferido llamarlo telefónicamente a ir a buscarlo, porque se hubiera tenido que quedar de visita, repitiendo con ligeras variantes la visita al Tres suertes, prefiriendo hablar a solas con él, pues como ambos se encontraban en el último año de bachillerato, había mucha tela mágica que cortar. Fronesis salvaba la seca oportunidad de ese lugar común intercalando la palabra mágica, transportando un modismo realista a la noche feérica de Bagdad. Le dijo también que todos los fines de semana se los pasaba en Cárdenas para hacer ejercicios de remos. Cemi observ6 c6mo la angulosidad cortante del pailo que cubría sus brazos ocultaba una musculatura ejercitada en las practicas violentas de la nataci6n y de la competencia de canoas. Pero eran ejercicios espaciados que no agolpaban sus músculos en racimos vergonzantes, sino dirigían ciegas energías por sus cauces distributivos. El verde varonil de los ojos de Fronesis se fij6 en un punto de la lejanía y exclam6 de pronto: -Ahí viene otra vez Godofredo el Diablo -Cemi dirigi6 sus miradas en la misma direcci6n y vio c6mo se acercaba el entuertado pelirrojo. Venia silbando una tonadilla dividida como los fragmentos de una serpiente pintada con doradilla.

-Godofredo el Diablo –comenza a decir Fronesis-, tiene el gusto extraño de pasar por enfrente de los que él cree que saben su historia, sin mirarles la cara en señal de un odio indiferente, manifestado tan 5010 torciendo el rostro. Mi padre como abogado de provincia que está en el centro de casi todos los comentarios que ruedan por el pueblo sabe su pavorosa historia. Godofredo lo sabe, piensa también que mi padre me la debe de haber relatado y se imagina que a mi vez en cualquier momento voy a comenzar a hacer la historia que termina con su ojo tuerto. No se puede contener, siempre que me ve procura acercarse, pero con el rostro tan torcido, temiendo que si lo miro fijamente puede perder el ojo que Ie queda.

Godofredo se alucinaba en sus quince años con la esposa de Pablo, el jefe de máquinas del Tres suertes. Pablo a sus treinta y cuatro años Ie sacaba a su esposa diecisiete, lo que unido a sus excesos alcohólicos en el sabbat, Ie daba cierta irregularidad a la distribución de las horas de la noche que tenían que pasar juntos. Fileba, que así se llamaba, algunas noches de estío no lograba licuar la densidad del sueño de Pablo, muy espesado por la carga de espirituosos y broncas vaharadas de los extractos lupulares. A sus requiebros, Pablo colocaba sobre su cabeza un almohadón que impedía que los golpes de las manitas de Fileba lo pudieran despertar. Hasta que cansada se dormía con una rigidez malhumorada, soñando con monstruos que la llevaban desnuda hasta lo alto de las colinas. Se despertaba y Pablo seguía con el almohadón sobre la cabeza. Llovía y la humedad se iba adormeciendo hasta el primer cántico de la madrugada.

Un sábado Godofredo llevo a Pablo a su casa, ayudo a ponerlo en la cama. Estaba tan borracho que casi había que llevarlo sobre los hombros. Se fijó con más cuidado en la palidez de Fileba, en sus ojos agrandados por las mortificaciones de muchas noches. Y empezó a rondar la casa, como un lobezno que sabe que la ama de la casa le  ha amarrado una patica a la paloma en la mesa de la cocina  creyéndose dueño de un secreto, Godofredo empezó a requebrarla. Ella a negarse a citas y a servir al juego del malvado precoz. Otro sábado que trajo de nuevo a Pablo sobre sus hombros, Fileba lo dejó en la puerta, cuando iba a dar el paso de penetración casera. Pablo se tambaleó, se fue de cabeza al suelo frio de la sala, pero ella le puso una estera y le trajo el almohadón de marras. Mientras preparaba la colación fuerte, se escapaba para echarle un vistazo al embriagado sabatino, vio las rondas luciferinas de Godofredo, pero esta vez apretó bien las ventanas y llamo a unos vecinos para la compañía.

Entonces fue cuando llegó al Tres suertes el padre Eufrasio, en vacaciones de cura enajenado. El mucho estudiar la concupiscencia en San Pablo, la copula sin placer, Ie habían tornado todo el tuétano, doblegándose la razón. Como lograr en el encuentro amoroso la lejanía del otro cuerpo y como extraer el saIto de la energía suprema del gemido del dolor más que de toda inefabilidad placentera, Ie daban vueltas como un torniquete que se anillase en el espacio, rodeado de grandes vultúridos Sus vacaciones tenían la disculpa de la visita por unos días a un hermano menor que dirigía cuadrillas de corte cañero. Su enajenación era desconocida por la fauna del Tres suertes, sus prolongadísimas miradas inmutables, o sus silencios vidriados, permanecían indescifrables por los alrededores, donde el mugido de las vacas alejaba toda sutileza teológica sobre el sensorio reproductor. A la llegada del cura, algunas muchachillas para fingir en el Tres suertes que seguían las costumbres del pueblo cercano, comenzaron a visitarlo. Claro que no sabían nada de su enajenación, ni de su excéntrica problemática concupiscible. Fileba se fue haciendo a la mansedumbre de su costumbre y el padre Eufrasio fue conociendo de los almohadones de medianoche al uso de Pablo el maquinista. En susurradas confidencias llegaron a manifestarse que ella conjuraba cercanía carnal y elIas terribles acometidas de la carne alejada, que el necesitaba alejar para extraer sus intocadas reservas vitales. En cuanto cobraba conciencia del acto concupiscible, se desinflaba de punta viril, languideciendo irremisiblemente.

Las noches que Pablo le dedicaba al sabbat, comenzaron a ser aprovechadas por Eufrasio y Fileba, y cuando llegaba Pablo el maquinista, podía ir entrando en el sueño sin necesidad de colocar sobre su cabeza el almohadón como escudo. Mientras tanto, Godofredo el Diablo comprobaba todos los sábados la entrada de la pareja en el nidito del hermano menor del cura, que desconocida como el Padre iba poniendo en camino métodos muy novedosos para la curación de sus complejos concupiscibles.

Godofredo fue un día a buscar a Pablo a la barra del pueblo, antes de que llegara al cuarto copetín, que según los griegos era el de la demencia. En el camino hacia el Tres suertes le fue mostrando todo el itinerario de la traición de Fileba. Le dijo que si 10 dudaba podía apostarse por los alrededores y ver a la parejita entrar muy decidida en la casa del pecado. Pablo se escondió detrás de un jagiiey y Godofredo en el lateral de la casa más cercana a la puerta, para rematar en la luz escasa el comprobante de la entrada de los amantes. Cercanas las diez, con la exagerada sonrisa de la luna creciente, por un atajo oblicuo, que no era el caminito apasionado que llevaba a la puerta de la casa, la pareja apareció aligerada por la blancura lunar que les regalaba la palidez del pecado. Cuando Pablo el maquinista comprobó detrás del jagiiey, que la verdad, esta vez de acuerdo con la superstición, chupaba como un pulpo, se dirigió de nuevo a la barra y se sumó tal ringlera de coñac sin mezcla, que la demencia de muchas cuatro copas multiplicada lo llevó a tal gritería que la pareja de la guardia rural se acercó, y al ver que era Pablo, lo cubrieron con su capota para evitarle el rocío grueso, lo cuidaron hasta que se convencieron de que la llave describía círculos mayúsculos, pero al fin anclaba en el punto clave de la cerradura. Con una estrellita de claridad, se abalanzó sobre el sofá de la sala, donde se había tornado las primeras fotografías recién casado con Fileba, y allí se hundió en la marejada oxidada de ese mueble comprado de segunda mano para su boda, pero que se mantuvo firme en la primera ocasión trágica en que el maquinista Pablo se derrumbó de veras al poner su demonio al servicio de su destino.

Al legar a este punto del relato, Cemi se dio cuenta de que Fronesis hacia un esfuerzo para continuarlo, se Ie veía por ciertas vacilaciones que iba a entrar en el verdadero remolino un tanto atemorizado.

Godofredo el Diablo rondaba con las uñas las paredes y ventanas, para obtener una mirilla que Ie permitiese seguir todo el curso de la pasión… Al fin, en un ángulo inferior de la ventana, pudo apostar el ojo izquierdo, por carencia, como ya hemos dicho, del ojo del canon. Como quien contempla una aparición marina por los canutos de un anteojo, pudo precisar una extrañísima combinación de figuras. Fileba desnuda, acostada en la cama lloraba, mostraba toda la plenitud de su cuerpo, pero sin estar recorrida por el placer, antes bien, parecía tan indiferente como frígida. Eufrasio sin los calzones y los pantalones, tenía aun puestas la camiseta y la camisa. De uno de los extremos de la cama se trenzaba una soguilla que venía a enroscarse en los testículos, amoratados por la graduada estrangulación al retroceder Eufrasio con una lentitud casi litúrgica. EI falo, en la culminación de su erección, parecía una vela mayor encendida para un anima muy pecadora. La cara con una rigidez de quemados diedros recibía manotazos infernales. Cuando al fin saItó la agustiniana razón seminal, la estrangulación testicular había llegado al máximo que podía soportar de anillamiento y una quejumbre ·sudorosa que luchaba por no exhalar ayes desmesurados, temblaba por todo el cuerpo del en Fileba lloraba, tapándose la boca para no gritar, pero sus ojos parecían lanzar fulguraciones de un cobre frio, rayos congelados de una mina de cobre en una interminable estepa siberiana. Sus ojos parecían los de un alción muerto en un frio tempestuoso, entrando en la eternidad con los ojos muy abiertos. Con los ojos de una muerta vio a Eufrasio vestirse de nuevo y abandonar el cuarto sin mirarla siquiera. La lejanía del cuerpo y el orgasmo doloroso, que el enajenado creía inquebrantables exigencias paulinas, habían sido logrados a la perfección. Muy apresurada llego a su casa, aun temblaba. Pablo estaba acostado con la luz ya apagada y el almohadón sobre su rostro.

Procuro dormirse, fingir durante interminables horas que lo lograba, pero comenzó a observar que las Manos de Pablo no se cruzaban, como era su costumbre en los sábados de cansancio nocturno, sobre el almohadón escudo del rostro. Su inquietud parecía presumir un final no esperado al ver la flaccidez de las Manos del que la acompañaba en una última noche. Encendi6 la luz. Vio atemorizada como la almohada estaba teñida de sangre, la camisa todavía empapada de agua. La guampara, al lado del cuello degollado, comenzaba a oxidarse con los coágulos de la sangre. Pablo antes de acostarse, para recuperarse, se había lavado la cara con el agua fresca de la noche. Fileba tiró del almohadón contra el suelo, pero como una gorgona empapada de un múrice  sombrío,  comenzó a extender hilachas y chorros de sangre. Rápidamente encendió todas las luces, abrió las ventanas de la sala. Sus gritos aún se recuerdan por algunos desvelados, en la medianoche del Tres suertes.

Por el amanecer, Godofredo el Diablo se deslizó por frente a la casa de Pablo. Toda la vecinería se agolpaba en la cuadra, aun turbada por los gritos de Fileba. Le llegaron los comentarios que se tenían en torno al perplejo del suicidio del maquinista. Se apresuró a irse por la carretera que a medida que se alejaba del ingenio, la iba envolviendo un ejército indetenible de lianas. Los árboles y los matojos Ie cerraban el paso. Llevaba colgada del cinto la guampara de su trabajo de cortador. Gritaba y pateaba a los árboles. Se lanzaba a cortar las lianas, que retrocedían, se curvaban como serpientes verticalizadas. Golpeadas las lianas por su cintura, silbaban como un viento huracanado. Una, entre todas aquellas lianas, Ie hizo justicia mayor, retrocedió, tomo impulso y Ie grabó una cruz. en el ojo derecho, en el ojo del canon. Así fue como Godofredo el Diablo perdió el ojo derecho y perdió también la razón. Sus caminatas describen inmensos círculos indetenibles, cuyos radios zigzaguean como la descarga de un rayo. Cuando llega un abril lluvioso, se echa por las cunetas, dejando de temblar su cuerpo, el humus Ie adormece la fiebre. La lluvia incesante mitiga también las llamaradas del pelo rojo de Godofredo el Diablo, flor maligna de las encrucijadas.

FIN

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