Sarrionandia y Gao Xingjian

En el zeppelin subo gente que ama la libertad, espero, y que estuvieron en prisión, vidas        difíciles con el ADN de poetas superior al resto de las cosas…

 Joseba Sarrionandia (Iurreta, 1958) ganó recientemente el Premio Euskadi de ensayo en euskera por la obra ‘Moroak gara behelaino artean?’. El Gobierno Vasco decidió  retener la cuantía económica del premio hasta que Sarrionandia regularice su situación con la justicia, ya que el escritor se encuentra en paradero desconocido desde 1985, cuando escapó de prisión, donde cumplía condena por pertenencia a ETA.

 En efecto ,  1980, con 22 años, fue condenado a 27 años de cárcel por su pertenencia a ETA, y aquel mismo año ganó tres premios literarios con dos cuentos y un poemario. Cinco años más tarde, el 7 día de San Fermin de julio de 1985, se evadió de la prisión de Martutene junto a otro preso, Iñaki Pikabea, escondiéndose en los bafles, tras un concierto del cantante Imanol.

La fuga inspiró la famosa canción ”Sarri, Sarri” de Kortatu.

Ha vivido en la clandestinidad, se habla de Cuba, pero no creo que fuera en La Habana, yo sabía que existía pero mi afán no era encontrarle,  y tampoco hay muchos fotos, por no decir una del poeta clandestino. Por otra parte es sabido que hay etarras en Cuba y alguna vez en cierta terraza oí alguna conversación con mi aspecto guiri de la que cabría pensar que estaban allí.  La policía, la cubana y la española, se supone…No voy a entrar a valorar ni su condena ni su conciencia, allá él con la suya, ni sé del caso, pero 27 años por pertenencia a banda armada no está mal.  Cumplió 5 años, aferrado parece a su militancia y convencimiento de su idea del bien que me gustaría que con el tiempo recapacitara respecto a los medios de defender las ideas. No sé si hubo juicio justo, no sé en qué se concretaba su apoyo. En la cárcel se sufre, eso es evidente, quizás no pueda nunca pagar el daño que hizo, quien sabe, él se fugó y quizás alivió su sufrimiento, no se sabe. Un intelectual en la cárcel y se fuga en unos bafles, parece que la preparación era obvia. Dicen que  el delito por el que fue condenado ha prescrito,  por lo que actualmente no tiene ninguna causa pendiente con la justicia y sus motivos para no volver son más de índole política. Dicen.

Esta poesía suya escrita habla del amor, y en general su poesía me gusta mucho y es de gran calidad, y eso que sin leerlo en euskera pierde mucho. Quién sabe…

PROTOPOEMA DE AMOR

Quisiera escribir el más tierno poema de amor

con la ingenuidad y la inocencia

de los poetas románticos.

 Diciendo, por ejemplo, si tus piernas fueran largas muy largas

y mis piernas tan largas como las tuyas,

alargaríamos bajo la mesa nuestras piernas

jugando a entrecruzarlas.

 Si mis dedos tocaran tu piel se prenderían como fósforos.

Pondríamos en grave peligro al mundo

haciéndolo temblar con nuestro abrazo a no sé cuántos grados

en la escala de Richter.

 Ven y escala el muro como lo trepa la hierba, ven

como el oleaje que salta sobre la cubierta del barco,

ven como una tormenta que viene a anegar

un páramo reseco.

Ven y transformaremos en carne las palabras.

Que nos suelden uno contra el otro.

Te haría un poema así, impulsivo e ilusionado,

pero qué precaria es la lírica…

Al abrir la ventana, en lugar de llegar tú,

entra la Realidad

con sus extravagantes garras de acero,

rugiendo. 

AMODIO PROTOPOEMA  Amodio poemarik xamurrena izkiriatu nahi nizuke/poeta erromantikoen xalotasun eta/erru gabeziarekin./Zure zangoak luze-luzeak balira/eta ene zangoak zureak lain luzeak/mahaipean luzatuko genituzke zangoak/zangalatrabatzera jolasteko./Ene hatzamarrek zure larrua ukituez gero/pospolu antzera izekiko lirateke./ Mundua arrisku larrian jarriko genuke/gure besarkadagatik ikaratzen ez dakit zenbat/Richter eskalan./  Erdu harresia ainhenbelarrak lez eskalatuz, erdu/ untziaren kubertara jauzten den olatuaren gisan,/erdu eremu lehorra hondatzera datorren ekaitza bezala./Erdu eta bihur ditzagun hitzak haragia./Solda gaitzatela bata bestearen kontra./Horrelako poema gogotsu bat eginen nizuke,/baina zer laburra den lirikarena./Leihoa zabaltzean, zeldara zure ordez,/Errealitatea sartzen zait, bere altzairuzko/hatzaparrekin, orroaka./

Pues la realidad es que esa ventana se le abrió, y quizás pudo disfrutar de ese amor.

  A pesar del exilio en la sombra los lectores han podido gozar de su literatura sin pausa. ‘Ni ez naiz hemengoa’, ‘Atabala eta euria’ (El tambor y la lluvia), ‘Hau da ene ondasun guzia’, ‘Lagun izoztua’, ‘Narrazioak’ (Narraciones), ‘Ifar aldeko orduak’ (Las horas del norte), ‘Ez gara geure baitakoak’ (No somos de nosotros mismos) y ‘Han izanik hona naiz’ (Estando allí, aquí estoy) son algunas de sus obras más conocidas. Es también el principal traductor al castellano y al euskera delos poemas del poeta y dramaturgo anglo-estadounidense T.S. Elliot.

 Y como algo  como lo siguiente me parece tan exótico !no puedo dejar de emitirlo!:

Una canción escrita por Sarrionandia, sobre Pamplona, lugar donde nací cantada por Mikel Laboa ¡En portugués! Dios, qué hallazgo. Salen fotos melancólicas, con ese parón de tiempo que te retrotrae a la infancia, de mia cidade…

“Por una obra de validez universal, marcada por una toma de amarga conciencia y de una ingenuidad lingüística que abre nuevas vías al arte de la novelística y del teatro chinos”. Se concedió el  premio Nobel del año 2000, al chino Gao Xingjian  (Ganzhou, provincia de Jianxi, 1940) .  Periodista, poeta, novelista, escritor de teatro, durante la Revolución Cultural de 1966 a 1979, cuando los “guardias rojos” purgaron implacablemente a quienes por su inteligencia o méritos consideraban “burgueses” (así consideraban a Den–Xiao–Ping), Gao estuvo internado en un campo rural de trabajos forzados, donde fue obligado a destruir todos sus escritos, varias novelas, estudios sobre la estética y quince obras de teatro. Así que le hicieron desaparecer toda su obra posible. Gao abandonó el Partido comunista y se convirtió en disidente a raíz de la masacre de la Plaza de Tiannamen, en junio 1989, cuando el gobierno aplastó con tanques el naciente movimiento democrático de jóvenes universitarios. Ese año se exilió en Francia, donde publicó en francés su obra cumbre “La Montaña del Alma”, y adquirió la nacionalidad francesa.

Sus poemas delicados , ingenuos y profundos van muy bien con el té de las cinco frente al mar por muy revuelto que esté:

Si ha de ser quiero que sea pronto.

 Cuando piense en el mar sobre la playa, 

en horizontes dormidos en la perfección. 

Si ha de ser quiero sorprenderme, 

que un sólo signo de color me inunde. 

Ver caminos, escuchar pasos, sentir presencias. 

Paisajes de tinta. 

Quiero que sea pero nunca dormida ni muy despierta

El calambre . Cuento del una caña de pescar para mi el abuelo

 Un  calambre, un calambre comenzaba a contraerle el vientre. Por supuesto, creía poder nadar más lejos, pero, a un kilómetro de la orilla, había comenzado a resentirlo. Al principio, creyó tener simplemente un dolor en el vientre y se dijo que desaparecería si continuaba moviéndose. Pero su abdomen se tensaba más y más y frenó el avance. Se palpó el vientre y sintió en el costado derecho un punto duro. Comprendió que sus abdominales se habían contraído al contacto con el agua. Antes de arrojarse, no había calentado correctamente. Después de la cena, se había dirigido solo hacia la playa, desde el pequeño edificio blanco del centro de alojamiento. Ya era otoño y el viento se había alzado. Pocos eran los que se bañaban al anochecer, las personas preferían charlar o jugar cartas. En la playa, de los jóvenes y las muchachas que descansaban al mediodía, no quedaban sino cinco o seis jugando volley: una muchacha con traje de baño rojo en medio de los jóvenes cuyos trajes húmedos aún escurrían. Acababan de salir del agua, no deseaban perder más tiempo en su frescura otoñal. No había más bañistas en la playa. Él había entrado directamente al agua, sin detenerse a mirar atrás, esperando que la muchacha lo observara. Ahora, ya no podía verlos. Se volvió, de cara a la luz; el sol descendía hacia las montañas y pronto iba a desaparecer tras la colina donde se encontraba el mirador de la casa de reposo. Los últimos destellos del ocaso eran enceguecedores. Su fuerte reverberación sobre el espejo del agua volvía todo indistinto: el mirador en lo alto de la colina, las siluetas de los árboles a lo largo de la orilla y aquélla, como un navío, del edificio de varios pisos de la casa de reposo. Y ellos, ¿aún jugaban volley? Agitó las piernas bajo el agua.A su alrededor, sólo existía el rumor de las olas y la espuma blanca sobre el sombrío mar verde, ningún barco de pescadores en el horizonte. Se volvió, dejándose llevar por las corrientes. A lo lejos, percibió sobre las sombrías láminas un punto negro. Se dejó arrullar en el hueco de las olas, ya no veía la superficie del mar. Las aguas eran de un negro de tinta, más lisas y brillantes que el satín. Las contracciones de su abdomen se acentuaron. Se puso de espaldas y flotó, luego, con la mano derecha masajeó el punto duro en su vientre. El dolor se atenuó. Sobre él, ligeramente a un lado, flotaba una nube en el cielo, como una bola de algodón; el viento, allá arriba, aún debía soplar con fuerza.Dejarse mecer por las corrientes, ora en la cima ora en el hueco de las olas, no era una solución. Tenía que apresurarse a nadar hacia la ribera. Se puso de nuevo sobre el vientre, moviendo sus piernas con fuerza para vencer el poderoso oleaje y tomar un poco de velocidad. Pero el dolor en el vientre, que se había atenuado un poco, lo aquejó de nuevo. Se reavivó tan rápido que él tuvo la impresión de que todo su lado derecho se había endurecido bruscamente. Así mismo, el agua le tapaba la cabeza. No veía sino el verde sombrío del mar, límpido y sereno, solamente perturbado por los rosarios de burbujas que liberaba al respirar. Sacó la cabeza parpadeando para sacar el agua de sus pestañas. Seguía sin ver la ribera. El sol había desaparecido y el cielo sobre la colina resplandecía con colores rosados. Y ellos, ¿aún jugaban volley? Y esa muchacha, con el traje de baño rojo. Seguía hundiéndose, el dolor lo forzaba a sumir el vientre. Dio una brazada rápida, pero cuando tomó aire, tragó un poco de agua áspera y salada. En cuanto se puso a toser, le pareció que una aguja se clavaba en su abdomen. Debió acostarse de nuevo sobre el agua, brazos y piernas separados; al fin se relajó y el dolor se esfumó en seguida. El cielo se había ensombrecido. ¿Podían estar jugando volley aún? Todo dependía de ellos; ¿se había dado cuenta la muchacha del traje de baño rojo que él iba a nadar? ¿De casualidad miraban hacia el mar? El punto negro, a lo lejos, atrás de él, ¿era un barco pesquero o algún objeto flotante que se había desprendido de abordo? Y de cualquier modo, ¿quién podía fijarse en este objeto? No podía depender más que de sí mismo. Habría podido gritar, pero escuchando el rumor continuo y monótono de las olas, lo embargó un profundo sentimiento de soledad, como nunca había sentido. Se hundió un poco, luego se volvió a estabilizar rápidamente. En seguida, una irresistible corriente helada le atravesó el cuerpo y lo desplazó de manera suave. Se puso de vientre y dio algunas brazadas con la mano izquierda, sujetándose el vientre con la derecha. Cuando retomó su movimiento de piernas masajeándose el costado, el dolor estaba presente, pero era soportable. Comprendió que sólo podría escapar a esta corriente con la fuerza de sus piernas. Debía tolerar todo, incluso lo intolerable, era la única forma de salvarse. No era necesario dramatizar demasiado la situación. De cualquier forma, su vientre seguía contraído y se encontraba en aguas profundas, a un kilómetro de la orilla. De hecho, ignoraba si aún estaba a esa distancia, pero se daba bien cuenta que derivaba a lo largo de la costa. El vigor de sus piernas triunfó al fin sobre la fuerza de la corriente fría. Debía arreglárselas si no quería parecerse a ese punto negro sobre las olas, que había desaparecido en las sombrías aguas del mar. Debía soportar el dolor, conservar la calma, patalear con vigor. No debía aflojar ni mucho menos perder la cabeza. Debía coordinar perfectamente sus movimientos de piernas, su respiración y el masaje en el vientre. No debía pensar en otra cosa, desechar cualquier idea de pánico. El sol declinaba rápidamente, la oscuridad cubría el mar y él no alcanzaba a ver las luces de la orilla. Incluso la costa era indistinta y la curva de la colina… ¡su pie dio contra algo! Se crispó y el dolor le traspasó el bajo vientre. Agitó suavemente la pierna: un círculo picante le ceñía el tobillo, había tocado los tentáculos de una medusa. Efectivamente, había visto en el agua una masa grisácea semejante a una sombrilla con bordes membranosos. Podía distinguir perfectamente el contorno y detallar cada orificio de sus tentáculos. Estos últimos días, había imitado a los niños en la playa y se había puesto a capturar y salar medusas. Sobre la repisa exterior de la ventana de su cuarto, en el centro de alojamiento, había aplastado con una piedra siete medusas como la que había tocado, y les había rociado sal. Al cabo de algunos días, ya no quedaba mas que un montón de pellejos secos. También él corría el riesgo de convertirse en una simple piel, un cadáver que flotaría sin siquiera alcanzar la playa. Más valía dejarlas vivir, su deseo de vivir se volvía más fuerte, en el futuro ya no capturaría medusas; si conseguía llegar a la orilla, nunca más se metería al mar. Hacía esfuerzos por patalear, la mano derecha apoyada en su vientre, no debía pensar en nada, únicamente concentrarse en el ritmo regular del pataleo. Percibió unas estrellas que brillaban de forma maravillosa. Eso significaba que por el momento se dirigía hacia la orilla. El punto duro en su vientre había desaparecido, pero, prudentemente, siguió dándose masaje. Su avance seguía siendo lento…Cuando al fin alcanzó la ribera, la playa estaba desierta y la marea subía. Pensó que se había beneficiado de la corriente. Un escalofrío recorrió su cuerpo desnudo al viento. Tenía más frío que cuando estaba en el agua. Se tiró en la playa, pero la arena también estaba fría. Se levantó entonces y echó a correr. Tenía prisa por anunciar que acababa de evitar la muerte por muy poco. En el vestíbulo de la entrada del centro de alojamiento, todo mundo seguía ocupado jugando cartas. Cada uno escrutaba el rostro de su adversario o el juego que tenía en mano. Nadie hizo gesto de alzar la cabeza para observarlo. Fue a su cuarto, pero su compañero de habitación no estaba. Debía de estar charlando al lado. Tomó su toalla de baño, en la ventana. Sabía que abajo, las medusas que había aplastado y recubierto de sal aún escurrían. En seguida, se cambió, se puso zapatos para tener más calor y regresó a la playa.Del mar se desprendía el estrépito de las olas. El viento soplaba más fuerte. Las láminas grisáceas rompían sobre la playa. En cuanto llegaban a la orilla, el agua negra se extendía rápidamente. No tuvo tiempo de retroceder y se mojó los zapatos. Entonces caminó por la playa en la oscuridad, manteniéndose un poco más alejado de la orilla. Las estrellas ya no brillaban. Luego escuchó voces de muchachas y jóvenes y percibió tres sombras. Se detuvo. Las sombras impulsaban dos bicicletas. En la parrilla de una de ellas iba sentada una joven de cabello largo. Parecían tener dificultades para pedalear las bicis cuyas ruedas se atascaban en la arena. Los tres no paraban de quejarse y la voz de la joven que iba sentada en la parrilla era particularmente alegre. Se detuvieron frente a él y apoyaron las bicicletas una contra la otra. Uno de los jóvenes tomó de la parte posterior de su bici una gran bolsa que tendió a la muchacha. Luego comenzaron a quitarse la ropa. Eran flacos como clavos. Una vez desnudos, se pusieron a agitar los brazos, a saltar y gritar en la playa: «¡Nos congelamos! ¡Nos congelamos!», bajo las alegres cascadas de risa de la muchacha.–¿Nos echamos un trago? –propuso ella, apoyada contra las bicis. Tomaron la botella de alcohol que les ofrecía la muchacha, y cada uno bebió, luego se la devolvieron antes de correr hacia el mar.–Ah… ¡Ah!–Ah…En el estruendo de las olas que se desprendían del mar, él vio que la muchacha junto a las bicis estaba apoyada en muletas.

Noche del 22 de diciembre de 1984

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