Va por Lou…

Lou Andreas-Salomé (nacida Louza Gustanovna  Salomé) (12 Febrero 12, 1861 en St. Petersburg – Enero  5, 1937 in Göttingen) fue una psicoanalista rusa y escritora.

Hija de un general de ejército y su mujer, fue la única chica de seis hermanos. Aunque fuera atacado por los Nazis como ·Fineses judíos”, sus padres fueron de hecho descendientes de franceses hugonotes y alemanes del norte.

Sus diversos intereses intelectuales  le llevaron a relacionarse con un amplio abanico de luminarias occidentales,  incluidos  Nietzsche, Wagner, Freud, Rodin  y Rilke.

Buscando una educación más allá de la típca mujer de la época y lugar, cuando tenía 17 años persuadió al predicador holandés  Hendrik Gillot, 25 años más viejo, que le enseñará teología, filosofía, religiones del mundo. Gillot se enamoró tan perdidamente de ella que planeó su divorcio y casarse con ella. Salomé y su madre  se piraron a Zurich, para que la hija pudiera tener educación universitaria y huir de la inclemencia del clima ruso.  El viaje también era para intentar mejorar la salud de Salomé que esputaba sangre en ese tiempo.

Dado que en su época se tolera mal la afirmación de una mujer sin connotaciones feministas , Lou Andreas-Salomé aparta las dificultades de la realidad política y social a las que la mujer es sumisa. En el ensayo  La humanidad de la mujer, escrita  en 1899,  señala : Es posible que leyes eternas han prescrito a la mujer la suerte de ser como un árbol en la manifestación de la belleza total, que florece, da fruto, da sombra, quiere simplemente existir. Es en calidad de manifestación de la vida, de la totalidad de la vida, en donde  la mujer gasta sus fuerzas y su savia. Con esta visión panteísta, Lou Andreas-Salomé dibuja un retrato de la mujer de religiosidad romántica, que deja escaso lugar a las exigencias de lo real. Para comprender mejor su pensamiento , hay que referirse a sus años de formación intelectual al lado de Nietzsche, su gurú que le confió las bases de su filosofía antes de volverse loco… De este intercambio intelectual Lou guarda una visión superior de la vida donde el hombre, obedeciendo a una ética rigurosa, está habitado por un sentimiento religioso que le conduce a una pureza moral e intelectual cada vez mayor.

Los que estaban próximos a ella tuvieron la más intensa impresión de la autenticidad y de la armonía de su naturaleza y pudieron descubrir con asombro que todas las fragilidades femeninas y tal vez la mayor parte de las fragilidades humanas le eran ajenas o habían sido dominadas por ella en el curso de su vida.

Lou solo amaba el pensamiento de Nietzsche, en absoluto al hombre. Lo rechazó una y otra vez. Finalmente en 1882,  ya aquejado de sífilis, el filósofo perdió toda esperanza. Unas semanas después se encerró en su pequeña habitación; era el mes de febrero de 1883. En pocos días, Nietzsche compuso su gran poema filosófico que nació como fruto del desengaño y la frustración por un amor imposible.”Zarathustra” salvó de la locura a Nietzsche durante unos años..Sus jaquecas insoportables, su pensamiento en el sucidio, el avance de su locura.

En el verano de 1880, Paul Ree, Federico Nietzsche y Lou Salomé se encontraron en Lucerna, Suiza. Animados como estaban y en un ambiente de franca y cordial camaradería, fueron a visitar al fotógrafo Jules Bonet. Este tenía en su plató un pequeño carro para decorar escenas campestres. Contrariamente a la opinión del fotógrafo, Lou se subió sobre el carro y pidió que Nietzsche y Ree hicieran ademán de tirar de él. Ella, entre tanto, blandía amenazadora un látigo.

La foto ha tardado años en conocerse y resulta, cuando menos curioso que el filósofo misógino que escribiera las mayores diatribas contra el espíritu femenino, consintiera en fotografiarse en aquella situación que tanto contrastaba con sus opiniones posteriores: “¿ vas con mujeres? No olvides el látigo?”…

Con Rée cohabitó 5 años en Berlín pero cuando le pidió matrimonio también le dejó. Acabaria suicidándose.

Frederic Nietzsche ha pasado a la historia como el “gran misógino”. Pero no siempre fue así: Nietzsche amó a una sola mujer. Su poema filosófico, “Así habló Zarathustra” puede considerarse como el producto de éste amor frustrado.

Lou conoce al lingüista Friedrich Carl Andreas con el cual se une en “matrimonio no consumado”. En 1888, cuando era catedrático del Instituto de Lenguas Orientales de Berlín, conoció a Lou Salomé. Logró que le dijera el ansiado “si” intentando suicidarse ante los ojos de su amada; es ella quien nos describe la escena: “con ademán pausado, cogió la navaja y se la clavó en el pecho”. Aquella sangre derramada los unió para siempre. Permanecieron casados cerca de 43 años, durante ese tiempo, el doctor Andreas jamás la poseyó físicamente, pero nunca la perdió del todo. Si bien es cierto que mantuvo relaciones con otros hombres, íntimas en algunos casos, no es menos cierto que siempre, antes o después, volvió con “herr doktor”.  También citan a Rodin entre sus hallazgos:

Lou permaneció virgen hasta los treinta años y jamás mantuvo relaciones sexuales con su marido, el doctor Andreas. Tras su ruptura, Nietzsche dijo de ella que sufría “atrofia sexual”. Sus biógrafos cuentan que por esas fechas -entre los 20 y los 30 años- “le faltaba calor y vida a su rostro”. Su complicada vida erótica y sentimental explica el interés desmesurado que sintió por la obra de Freud.

En el año 1897 conoce al joven poeta Rainer Maria Rilke con el cual se une en una relación sentimental de la cual dan testimonios un intenso intercambio epistolar. Realizarán dos viajes a Rusia en los años 1899-1900, los que resultaran sumamente estimulantes para ellos.

Fue la primera “grouppie”, la primera mujer que tuvo acceso a tertulias hasta entonces vedadas al género femenino. Conoció bien la bohemia de París, Berlín y Viena. Tuvo como pretendientes a las más grandes inteligencias de su tiempo. Pero, sobre todo, fue una mujer de sexualidad anómala. No se sintió jamás madre ni amante, probablemente tampoco mujer sino hasta muy avanzada su madurez…

Por entonces Lou ya había adquirido fama mundial. No en vano había sido la primera psicoanalista distinguida y la única mujer que Freud aceptó en él “círculo interno” de la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Lo cual no era poco. Con Freud.

Los 25 años siguientes Lou se dedicará completamente al psicoanálisis, como psicoanalista y como investigadora.

A los 74 años, Lou Andreas-Salomé  dejó de trabajar como psicoanalista. Tenía problemas de corazón  y su débil condición le llevó a hospitalizarse muchas veces. Su marido le visitaba cada día, teniendo su mérito por su avanzada edad y también estaba enfermo. Después de 40 años  de matrimonio marcados por la enfermedad por ambas partes y largos periodos de incomunicación, fueron acercándose con el lapso del tiempo. El mismo  Sigmund Freud  lo reconoció, escribiendo: “esto prueba la permanencia de la verdad [de su relación].” Friedrich Carl Andreas murió de cáncer en 1930. Lou Andreas-Salomé murió de uremia en 1935, en  Göttingen.

Pocos días antes de su muerte la  Gestapo confiscó su biblioteca alegando que había sido colega de  Sigmund Freud y había practicado la “ciencia judía” y por tener muchos libros judíos en sus anaqueles-

 Rilke inspirado en Lou …escribió su Narciso de la serie de Les Roses…

 Dirait-on

 Abandon entouré d’abandon,

tendresse touchant aux tendresses…

C’est ton intérieur qui sans cesse

se caresse, dirait-on;

se caresse en soi-même,

par son propre reflet éclairé.

Ainsi tu inventes le thème

                                                                  du Narcisse exaucé.

Carta A Rilke

Göttingen, 27 de junio de 1914
sábado por la mañana

Querido Rainer, fue solo hace unos días, una vez enviada mi carta, cuando empecé a vivir con el poema mismo, pues en los primeros momentos su sentido objetivo me subyugó demasiado como para poder hacerlo. Y ahora lo leo, o mejor: no paro de recitármelo a mí misma. Hay en él como un reino recientemente conquistado, todavía no se distinguen bien sus fronteras, se extiende más allá del espacio que se puede recorrer en él; se lo adivina más amplio; se presienten muchos viajes y peregrinaciones por hacer a través de caminos en los que las brumas jamás se disipan. Y solo un poco de fulgor diurno, justo el necesario para avanzar un paso, sería —de un poema al otro— como un modo real nunca practicado de seguir asentándose en un terreno donde (al contrario que en el simple «arte») el esclarecimiento y la acción siguen siendo una y la misma cosa; esto sólo puede ser poema en la medida en que se lo vuelva a conquistar en provecho de la experiencia vivida. En alguna parte, en la profundidad, todo arte vuelve a empezar como en sus más remotos orígenes, tal la fórmula mágica, el conjuro —evocación de la vida bajo su forma humana desde el fondo de sus abismos hasta entonces impenetrables—. En efecto, en aquello en que la oración y la suprema explosión de potencia no eran todavía más que una y la misma cosa.

No me canso de reflexionar sobre esto.

Luego volví a leer, súbitamente, el poema de Narciso cuyo texto me escribiste el verano pasado. Y vi entonces en él como la prehistoria de la Muñeca. Ya que, por el efecto que produce este poema, parece que hubiera en él como una singular profundización de la tristeza de Narciso (esa tristeza emanada de la leyenda y del amor rechazado sobre sí mismo) en favor de lo inorgánico, por decirlo así, de lo no-viviente en que se contempla. («Ahora eso yace en el agua indiferente y dispersada… allí donde no hay más que la igualdad de humor de las piedras arrojadas»). Esta parte de él mismo que huye al exterior, no detenida por el «flexible medio», sólo adquiere su pleno efecto en virtud de lo-que-está-muerto, en lo que esta parte fugitiva se detiene, para convertirse así en lo-que-le-hace-frente. Al mismo tiempo, sin embargo, aparece alusivamente en lo-que-huye-al-exterior el por qué es así, el por qué esta experiencia llena de tristeza es talmente ineluctable: el hecho de que él mismo se disuelva también en el sentido creador («en el aire y en el sentimiento de los bosques»), el hecho de que no se enfrente a ninguna hostilidad—, el hecho de que por su parte dé vida a lo que se declaró muerto, a lo exterior, a lo-que-le-hace-frente, llegando a extinguirse su vida más allá de todo esto. Y en tercer lugar aparece, además, cómo esos dos procesos se acrecientan imperceptiblemente en un punto determinado, transformándose así en una tristeza erótica: «Lo que se forma ahí y me es seguramente semejante, y asciende temblando entre signos ahogados en lágrimas, pudiera ser que naciera así en el interior de una mujer, esto permanecía inaccesible». El hecho de enfrentarse a lo inorgánico, el hecho de convenirse en muñeca, expresado al mismo tiempo como el hecho de enfrentarse a nuestro propio cuerpo, que (aunque sea lo orgánico viviente) no deja de ser para nosotros lo exterior y lo externo en el sentido más íntimo, la primera cosa diferenciada con relación a nosotros mismos en tanto que nosotros somos los interiorizados que habitamos en el interior del cuerpo, como la cara del erizo; y sin embargo, lo que concierne precisamente a nuestro cuerpo, nuestros pies, nuestros ojos, nuestras orejas, nuestras manos, es ciertamente lo que se dice ser «nosotros-mismos»; este inquietante, desorientador fenómeno, de ordinario no se disipa completamente más que en el comportamiento amoroso de otro, y es sólo él quien legitima de manera soportable nuestro cuerpo en tanto que «nosotros-mismos». En lugar de eso, las partes integrantes se asocian y disocian de nuevo en el «creador»: por ello lo que viene de él es una realidad nueva en vez de una simple repetición.

Es eso lo que a ti te hace daño; a través de tu mal presiento la felicidad.

Perdóname.

 Lou

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