Entérense, no necesitamos su ayuda, sus dólares puede que sí.

Erika Bruzonik nació en la Paz en 1963. Publicó los libros  de cuentos Ecos de Guerra (1987), Cegados por La Luz (1992), Historias inofensivas (1996), Underground (2006). Las malas fichas son para jugar (2009) y la novela El color de la memoria (1989). Ha obtenido, entre otros premios literarios. El Premio nacional de cuento Franz Tamayo (1994), el primer Premio de Cuento Universidad Mayor de San Andrés (1983), el Premio de cuento año Internacional de La Paz (1986), el Primer Premio CBA de cuento (1986) y el Premio de Cuento UTO (1985). En 2008 fue finalista del I Concurso Internacional de Cuento Breve de Salón del Libro Hispanoamericano de Ciudad de México, con su cuento Mujeres sin piel. Actualmente vive entre La Paz y Midsomer Norton, donde disfruta sus días escribiendo, trabajando como abogada y tocando la guitarra.

Este relato con muchísima fuerza y supongo que algo molesta, encarna en una lógica aplastante esa visión de la solidaridad encubierta y del daño que muchísimas veces en aras de que no se que superioridad se hace a los países en desarrollo o de llamado tercer mundo. Agencias de Cooperación , cooperantes internacionales, leed bien esto. Me gusta , y alguien que vive en Midsomer Norton mola. hala a mirad el map google, que yo no tenia ni idea de su existencia, Midsomer Norton, mirad :

Ugly, ugly american

Praise the Power that hath made and preserved us a nation.

Then conquer we must, when our cause it is just.

And this be our motto:”In God is our trust”

And the star-spangled banner in triumph shall wave

Over the land of the free and the home of the brave!

Francis Scott Key

“Star-Spangled Banner” (1814)

La sangre se esparce muy lentamente sobre el suelo: algo en su composición debe ser materia  grasa, si no crecería rápido, como el agua cuando se desborda la tina. Primero era una mancha chiquita, casi redonda; se fue extendiendo hasta convertirse en un charco muy amplio, brilloso, de un rojo atomatado, igual a una capa finísima de mermelada de frutilla sobre una rebanada de pan enmantequillada. Tiene los mismos  y muchos jirones como hilos de pulpa tendría la mermelada. Se hacen más y más visibles mientras mayor se torna el charco alrededor del cuerpo que se desangra.

La hoja hendida de la guadaña tiene una película rojo cobrizo en la parte que sobresale de entre los pliegues de ropa y carne. El mango está salpicado de puntitos que, si fuesen un rostro, parecerían de varicela. ¡Qué extraño era el sonido que hacía al hincarse en un cuerpo! Whoosh! Luego, sacarla había sido imposible. Entre el golpe y el whoosh –o inmediatamente después del whoosh- venía otro sonido: era algo así como spurt, spurt, spurt, seguido por un intento que nunca llegó a graduarse de chorro de sangre. Fue nada más un amago, pero que la sangre comenzó a manar y manar del agujero dejado por la guadaña, comenzó. Así de lenta pero seguramente.

Un esfuerzo enorme ayuda a arrancar la hoja curva de entre la maraña de vísceras en que se ha enredado. El cuerpo va perdiendo luz y color paulatinamente, mientras el suelo jaspeado de la cocina cobró un tinte claroscuro: Lo que reposa en el suelo es, efectivamente, ya un cadáver.

No pareces un Americano Feo porque, para empezar, tienes madre colombiana; pero eres doblemente Feo porque reniegas de una parte de tu origen y dices de ti mismo “I consider myself American”. Hablas un español más o menos pulcro, sin demasiados errores gramaticales; tu voz, sin embargo, tiene un tinte nasal característico de los gringos que vienen a poblar el Tercer Mundo, tanto, que un subcontratista del Centro de Servicios de Ivirgarzama te imita apretándose ligeramente la nariz, como fingiéndola tupida, y la gente de la oficina se desternilla de risa. El efecto es impecable; es tu voz sin más.

Como tus subordinados no pueden burlarse de ti abiertamente, lo hacen de manera jocosa pero, inconfundiblemente, el chiste es de corte bien afilado. Te ríes, pero una sensación de incomodidad te atenaza, especialmente cuando escuchas sus risas a chorros acompañando el brillo de sus dientes. Ella se ríe de ti, no de la imitación.

Siempre que te mira, te descubres pensando en lo que estará pensando de ti y eso te molesta enormemente. Por eso has comenzado a hacer pesar tu estatus de jefe ante su mirada y esa expresión de callado aguante que tienen su cara toda vez que entras a su oficina.

Te llamas Louis Kular, y tu apellido por madre es Díaz. Decirte “Luis” es el pasatiempo general en tu oficina. No te gusta un ápice. Si no supieras que probablemente vas a ser el próximo vicepresidente ejecutivo de Chemengineering International, estarías mirando a todos y cada uno de los empleados locales desde ese pedestal griego en que te han colocado desde que te supiste que te había salido el cargo de funcionario internacional. En tu país te dicen Lucky –que tampoco te gusta- pero es el apodo más acertado que podrían haberte puesto. A ver: naciste en la Clínica Santa Isabel de la avenida Arce de La Paz, cuando tu padre era a su vez funcionario internacional en Bolivia. Pudiste haber crecido allí, como pudiste haberte hecho latino. Quiso la suerte que te transformaras en un feísimo “americano”. Como un detalle “pintoresco”, decidiste que querías tomar ese puesto administrativo en La Paz, tu ciudad natal. Realmente, habría sido una oportunidad para que te redescubrieras. Pero, no. Tú decidiste que irías a enfocar tu puesto desde “lo americano”. Craso error, Kular. Craso error. Verdaderamente, has venido cometiendo errores día tras día desde tu venida al mundo.

Te has casado con una gringa que pareciese exactamente lo opuesto a lo que tú eras; es decir, no alguien híbrido, sino alguien que recordara al Mayflower y el banco de Boston, lo que está en la Biblia y lo que no. Han procreado juntos un par de hijos y los educan para que sean Vicepresidentes Ejecutivos Jr. O III –the Third- como el Reich, solo que se amparan en la Primera Enmienda y la Constitución para justificar lo injustificable. Eres un típico americano, Kular. Eso no hay quien te lo discuta.

En la superficie, también eres feo. Usas los pantalones demasiado anchos en el fondillo, por lo que aparentas no tener pene ni culo sino un vacío, que en el fondo de tu alma crees que te exculpa de no haber engendrado no uno sino dos mocosos idénticos a tu cara larga de caballo, con orejas protuberantes, espeso cabello  negro carente de gracia y un risa que casi siempre se confunde con un hozar.

Eres rígido tanto de postura como de mentalidad. Te cuesta ver los dos lados de una cuestión tanto como te cuesta tener una sana fantasía sexual. Carente de imaginación y eres, sin embargo, el subdirector de un proyecto de sesenta millones de dólares en Bolivia: el proyecto de productividad Rural de USAID (United States Agency for International Development) con base en La Paz, y oficinas de apoyo en Cochabamba y Santa Cruz. Has obtenido tu puesto gracias a tu personalidad maleable, que te hace actuar según tu intuición te indica con respecto a tus jefes. En la Inglaterra de la ante Segunda Guerra, habrías sido invaluable como mayordomo: al no tener personalidad propia anticipas todos y cada uno de los deseos, caprichos e instrucciones de quienes mandan por sobre ti. Si ellos quieren un consejo, tú reflexionas sobre el asunto la noche antes, para poder opinar con causa; si ellos necesitan a alguien sobre el cual derramar su bilis, insatisfacción, ganas de jubilarse o lo que fuere, tú estás ahí, con tu hombro enteco, dispuesto a absorber, sin ganas pero con astucia, lo que ellos tengan a bien disponer. Eres el subordinado ideal.

Arrancar la guadaña de entre huesos que crujen, escuchando el sonido seco que hacen, es desagradable. El placer de enterrar la hoja afilada se ha escurrido por entre sus orejas, dejándole una sensación de haber perdido la osamenta. Se siente como un fideo hervido por demás: lacio, blancuzco y sin sustancia. Por primera vez desde que está en La Paz ha sabido lo que es sudar. Su suéter, demasiado suelto, se le ha pegado a la espalda y ahora lo siente frío, extremadamente frío. Va a sentarse porque la tarea que viene de realizar lo ha dejado exhausto.

La nausea le viene de improviso y en oleadas; no alcanza a erguirse y correr el baño, casi a gatas y agitado por violentos de accesos de vómito, llega al lavaplatos. Con el cuello bien metido entre los hombros, agacha la cabeza hasta el sumidero para deshacerse de una bilis acumulada en tres años de aguantar las burlas, las risitas por detrás, la maledicencia de sus subordinados siempre murmurando por lo bajo, callándose abruptamente cuando él se les acerca, sonriendo estúpidamente cuando les pide algo, volviéndose y virando los ojos hacia arriba por lo que consideran un hombre tibio y ridículo. Ellos. Nunc ha podido pensar en la gente del proyecto como en sus similares; siempre son “ellos”. Es que no son sus similares: viven diferente, comen diferente, trabajan diferente. Para “ellos”, el proyecto significa un sueldo a fin de mes; como salga el trabajo es lo de menos. Louis Kular ha visto una mediocridad acendrada en la mayoría de gente contratada. Todos tienen un complejo de proyectitis tremendamente enraizado; sólo esperan el cierre del actual para conseguir una recomendación para el siguiente, sean aptos o no. Ellos solo quieren comer, no trabajar. Los proyectos son el foro de alimentación de una sarta de inútiles y fracasados, eso Lucky lo ha comprobado sobradamente.

Siente cómo las piernas todavía siguen a sostenerle; una debilidad de desmayo se está apoderando de él y la conciencia comienza a escapársele. Las últimas imágenes que se le fijan antes del black-out son las de esa inmensa gallina jaspeada, de pico casi naranja, que se le abalanzaba sin misericordia y que, a saltos, parecía querer bajarle el cierre de los pantalones para acabar con sus genitales a picotazos. Batía las alas aparatosamente, cloqueando sin cesar. Iba a acorralarlo ente una maquina fotocopiadora y la puerta del baño de hombres. Decidió no darle la espalada ni tratar de correr-En lugar de eso, se movió en círculos buscando a tientas con ambas manos, algo con lo que pudiese apartar al hombre que le atacaba. Derribó el tacho de la basura y se cayó sentado, volviendo a incorporarse velozmente porque la gallina le estaba lanzando el pico a la planta de los pies, y sus ojos desorbitados se habían fijado en lo que el llamaba “sus partes”.

Ni siquiera se dio cuenta de que no había abierto la boca, fuese para gemir, apostrofar o gritar pidiendo ayuda.

Los ruidos que hacía, chocando su cuerpo contra puertas, piso y gradas, eran sordos si su voz los hubiese acompañado probablemente alguien se habría percatado de que algo sucedía en la habitualmente tranquila oficina de la calle 14 de Calacoto. El único sonido atormentadoramente persistente era el cloqueo de la enorme gallina que avanzaba, patilarga, en pos de él. ¿De qué especie sería? Las aves de corral no atacan a los humanos, pensaba agitadamente Lucky; tentando con ambas manos el vacío que se abría a su espalda y que no le dejaba otra alternativa que resignarse a ser la víctima del ave enloquecida.

Un día ordenaste encerrar a tus subordinados en sus oficinas después de descubrir que habían desaparecido unos trescientos bolivianos de tu escritorio. No diste mayor razón que la frase: “Estamos en Bolivia, ¿qué más se puede esperar?”.

La consecuencia mayor de  tu “medida disciplinaria” fue el desmayo de cinco empleados, por falta de alimentos. Claro que eso te dejo indiferente. Te fuiste a almorzar, como de costumbre con tu mujer e hijos en el comedor bien asoleado de la casa que les paga la empresa. Era lunes; las familias de los empleados lograron ablandarte  recién el martes por al tarde. Nadie lo creería , pero les negaste la comida ordinaria- hasta que el marido de la secretaria contable rompió los vidrios de las ventanas para que “los castigados” pudieran salir de esa oficina a la que nadie pudo acercarse so pena de ser despedido. Lo peor fue que, cuando el policía quiso tomar tu declaración, llamaste a la sección legal de la agenda de cooperación internacional y blandiste tu pasaporte de Naciones Unidas clamando inmunidad diplomática, más bien que el policía con  esa cara de mezcla de madera y nabo, no se dejó amilanar por tu vehemente diatriba rematada por el consabido sonsonete: “Soy americano, ¡tengo derechos!”.

Kular, siempre actúas como si ser gringo te diera todos los derechos terrenales y celestiales, mientras que los demás, tercermundistas de cuarta o quinta, deben plegarse a todo mandato emanado de muchos más como tú: tarados hasta la médula, pero “americanos”, votantes y contribuyentes cuyos impuestos se destinan a hincarles la puta noción de cuán pobres son los developing countries a los que se dignan a donar una parte de esa plata, en tanto al otra mitades vuelve sin pena a las arcas y los bolsillos de los hijos, nietos y bisnietos del Tío Sam vía los sueldos que tú y tus similares ganan sin siquiera quebrarse las uñas. Trabajar en América Latina no es lo  mismo que bregar  sin tregua en casa ¿verdad?

Aquí, en el país de los ciegos, como tuerto eres rey. Eres el tuerto porque eres el jefe, no porque sea más inteligente o mejor profesional; y si te equivocas –cosa que haces a menudo- sabes que tu empresa te respalda, como te respalda a la agencia internacional, como te respaldan tus coterráneos frente a las veladas críticas de la gente local. No serán tan veladas a veces porque ya hay alguien que te lo ha hecho notar y en tu propio idioma.

¿Viste que ella no se traga tus explicaciones y te retruca con argumentos lo que tú quieres imponer con caprichos? Eso te enoja ¿verdad? Porque-convengamos- ¿cómo se atreve? ¿Con qué derecho? En el fondo, sabes que no es cuestión de derechos, Kular.

Es sólo que ella es tercermundista de primera y contigo no se deja. A esa conclusión has llegado después de compararla con tu gerente de operaciones, una peruana que tú creías de primera porque te hace el mercado y cuida a tus hijos cuando no tienes niñera a la mano. A ella jamás se le habría ocurrido cuidarte los críos, a comprarte un kilo de zapallo. No quieres aceptarlo; no lo admitirías aunque te torturaran, pero hay algo en el fondo de tu conciencia que te dice, te repite y te obsesiona: ella no te adula. Ella no siente la menor simpatía por ti. Ella no te respeta. Para Ella eres un estorbo que han de permitir en su camino porque así son las reglas del juego: los incompetentes de tu país vienen a dictar lo que es bueno para los pobres del suyo…y hay que aguantarlos hasta el momento en que se les puede mandar a la mierda, cosa que no ha sucedido en medio siglo, y por lo tanto, podrá pasar otro medio siglo hasta que alguien les diga que se vayan a lavar las bolas y dejen tranquilos a quienes nada quieren con ustedes. Sí, es una radical de ojos rarísimos –sus pupilas nunca se agrandan. Que te miran como esas cámaras que siguen a los ladrones en las tiendas de departamentos en tu país… Te adivina, Kular. Te divina y eso te desasosiega tanto que no la puedes incluir en tus plegarias diarias.

¿Te acuerdas del viaje al Trópico de Cochabamba, cuando la estabas familiarizando con el puesto para el que tu jefe le habría contratado? Se raó en tu cara. Ella se rió, te dio la espalda y se dedicó a hacer su trabajo. Por la noche, tenía más testimonios sobre micro emprendimientos con goce de plata donada que los que tú hubieras podido reunir en dos años. A la hora de la cena te contó su mejor historia: la del bananero que había hecho su capital, con la palta sacada de las letrinas de Shinahota, donde la mierda del culo se limpiaba con billetes de veinte dólares que se dejaban tirados ahí, a merced de las moscas, porque los narcotraficantes solo querían billetes de cien: es decir, la cara de Benjamín Franklin servía para negociar, la de Andrew Jackson hacía las veces de toilet paper.

Te descompusiste, Kular. Ella se complació viéndote todo pálido, pero tuvo la delicadeza de preguntarte si te sentías bien. Hasta te ofreció un trago, que rechazaste de plano porque los cristianos como tú no beben y le rezan al Volstead Act.

Desde ese día, ella se convirtió en tu demonio personal porque, en lo que te quede de vida, no vas a olvidarte de su descripción tan, pero tan gráfica de esas letrinas. A veces hasta escuchas su voz que te va con el cuento mientras intentas dormir:

Un profundo vaho de orines de días le mata a uno la humedad de los ojos provocándole, inmediatamente, una conjuntivitis alérgicas. Luego, lo que fueron orinales de un baño masculino, funcionan como lavamanos, adaptación de varios grifos mediante; de ellos cae un hilito de agua, o cae en gotas, depende de la presión de ese día.

De los “closets” en sí: se elevan sobre losetas que una vez fueron verde veteado, pero que ahora están cubiertas por un lodillo rojizo y viscoso, mezcla de orín con la greda que cientos de <zapatos que trajinan por ahí, dejan como huella húmeda- Es resbaloso y apesta a diablos. En el cubículo hay un agujero profundo. Adentro, con cada “nuevo usuario” se acumulan las heces y los orines; no baja el agua para lavar los agujeros. El hedor golpea la nariz, mientras el ojo registra una costra oscura de esas mismas sustancias dentro, fuera y alrededor de ese hoyo. Rodeándolo y en el piso, hay profusión de papel moneda usado, haciendo las veces del higiénico y hasta de toalla femenina ensangrentada.

Ninguno de estos cubículos tiene ese pestillo de seguridad. Los que entran quedan a la vita y paciencia de otros, los que esperan su turno. Las paredes del recinto están todas salpicadas de lo mismo: heces, orín, escupitajos y alguna que otra huella de lápiz labial  con una inscripción debajo: Griego, te amo o algo por el estilo.

Entre tanto, las semanas pasan y la caca sigue haciéndose costra en el mismo lugar. Lo único que desaparecen son los billetes.

Ese el lugar, te contó sonriendo, donde Bernardo Azurita ha hecho su fortuna y ahora acepta donaciones de USAID. Allí –elaboró en detalle- en esos orinales salpicados de mierda, el Berno metía sus manos enfundadas en bolsas de plástico hasta el codo, para sacar cuanto billete hubiera. El olor le hacía estornudar sin parar, pero el hombre no se achicaba. Llenaba bolsas y bolsas de billetes cagados, para llevarlos al río y munido de una palangana y un frasco de lavandina, los lavaba repasándolos con un cepillo de dientes robado a su hermano. Así había ahorrado suficientes dólares como para comprarse cuarenta hectáreas de terreno que sembró de banano, esperando la asistencia técnica gringa para exportarlos a la Argentina.

Te horroriza, Kular. Te hace temblar de pies a cabeza que un hombre sobreviva lavando caca de los billetes donde se ha impreso la imagen de los próceres de tu país. Ella advierte tu horror y, encogiéndose de hombros, te dice que siempre le han gustado las caras de Jackson y Franklin y, cuando te lo dice, notas que en sus pupilas tan estrechas que ni se advierte, brilla la ironía. Está dirigida a ti Lucky. Solo a ti. Has utilizado al bananero en tus “historias de éxito” para que los congresales de tu país asintieran con la cabeza cuando visitaban Bolivia, y consistieran en seguir autorizando transferencias de fondos para el “desarrollo alternativo”. Ella, sin embargo, sabe la verdad. Ella se ríe de ti.

Louis Kular dio con su nuca en la puerta del depósito de herramientas. Se volvió y abrió la puerta, creyendo que podría encerrarse en ese cuarto oscuro hasta que el animal se hubiese ido. Al ceder, la puerta paso a un caudal de herramientas de todo tipo; desde lampazos hasta tijeras de podar césped, pasando por escobillones y botaguas. Sus delgados dedos se cerraron en torno a un mango largo. Elevó la vista y vio, por encima de su cabeza, una hoja curva y brillosa –no sabía para qué servía.

Un cloqueo enloquecido lo ensordeció; su visión periférica le avisó del brillo amarillo de un pico inmenso que venía en pos de uno de sus ojos. La gallina le clavó la mirada una vez más y él supo que un millón de picotazos lo matarían sin misericordia, clavándose en su cráneo, uno tras otro, hasta que hubiese tantos agujeros como para vaciarle la vida a chorritos.

Agarró la guadaña, aun sin saber que se llamaba, y apunto la hoja a la cabeza del ave, Erró. Las alas de la gallina desviaron el rumbo de la hoja y su grito se hizo más estridente. Él quería, con toda su alma, pedirle que se callara; el ruido ya estaba cobrando un tinte indecente. ¿Qué dirían los vecinos?

El pecho. Apuntaría al pecho. Echó el cuerpo para atrás, colocando su fuerza en las piernas. El embate de la gallina fue fuerte: sus alas le abofetearon el rostro. Enceguecido, blandió su arma y la clavó en el cuello de la bestia bata raza, pero sólo fue un raspón. Su segundo golpe, después de librarse de las afiladas plumas, fue más certero; se hundió en la pechuga doble de la gallina, con un sonido que lo enloqueció; ese whoosh, repetido una y otra vez. Vio que su pico se distendía, el aire escapaba a borbotones por los dos orificios; un hilo colorado resbalaba hacia las plumas cortas del cuello. El animal se estaba muriendo.

¿Te acuerdas, Lucky, del día en que la llamaste a tu oficina para decirle que en USAID creían que ella se estaba proyectando por demás, amenazando con difuminar la imagen de los Cognizant Technical Officerws y dejarlos malparados por decir la verdad con respecto a la pobreza de las comunidades del Trópico de Cochabamba? ¿Te acuerdas que ella fue de frente contigo, hasta que te paraste de tu silla y te escapaste, pero ella te siguió por toda la oficina, gritándote lo que no querías oír?

Era sábado y nadie trabajaba; eso querías, para poder sermonearla a tu gusto, sin testigos. Nunca te pasó por la cabeza que ella sería la del sermón. Cuando empezó a hablar, no paró. Las escuchabas aun tapándote las orejas, bien encerrado en el baño. La oías hasta con eco.

Te gritaba que desconocía el mundo, que solo viajabas. Viajaba y viajaba y volvía a viajar; empacaba y desempacaba y volvía a empacar valijas y mochilas y bolsos, pasaporte y billete y plata y ordenador; se montaba a un avión, salía del aeropuerto y seguí por carretera, cubriendo pueblo tras pueblo. Te echaba en cara que tú no conocías esos pueblos y que solo revisabas estadísticas. “Lucky”, te decía, “esa estadística es una realidad de una mujer hambrienta y una carretera sucia de ruido y su mano extendida con surcos de carril arado; es vieja y está sola y su dedo gordo y los otros nueve asoman igual de extendidos e igual de añosos que el género cuarteadlo de sus zapatos. Un cuatro por cuatro pasa también un camión y sus ojos se cuelgan de las llantas y de los pasos de los de a pie”.

No querías que te dijera cuán inútil resultabas, ¿no es así, Kular? Hablaba a borbotones, sin erudición; te contaba lo que había visto, pero era demasiada dosis. Ella te decías era, también, una risible figura en un charco profundo donde iba a “levantar datos”. Su mundo no se toca con el de esas mujeres a las que se embauca para que cultiven flores que ni siquiera se pueden exportar porque nadie bajo tu mando sabe hacer anda bien hecho. Ella te estaba gritando a voz en cuello que dejarás de ser tan “maricón”, que salieras para por lo menos retrucar sus historias. Te preguntaba si te avergonzaba que te hablara de sus despertares en hoteles de buenas estrellas, de habitaciones ajenas, de cartel de “no molestar”, pantuflas y minibar; si te causaba apuro que ella viera con ojos de Gucci cuatro tal vez cinco pueblos, parte del día, ocho horas, jornada laboral, tiempo completo, desarrollo alternativo, cooperación internacional.

El policía de la división Zona Sur, a pesar de estar acostumbrado a escenas de crímenes por demás violentas, no pudo evitar una arcada que a tiempo pudo transformar en eructo. Restregó el puño de la camisa contra su nariz, porque el olor a sangre siempre le causaba malestar en el esófago, y aquí había sangre hasta por los resquicios de las puertas y las ventanas que daban a los jardines de las oficinas- El pasto había absorbido una enorme cantidad de rojo, tornándose de color violáceo según le dieran los rayos del sol. Parecía tratarse de una lucha encarnizada, aunque de fuerza desiguales. El cuerpo de una mujer había sido mutilado a nivel de tórax, con múltiples golpes de hoja afilada –sería la guadaña de podar el pasto que reposaba, ensangrentada a los pies de ella-asestados sin pericia, sin precisión. ¿Qué le sugerían estas heridas tan desprolijas, aunque infligidas con mucha fuerza?; El policía parpadeó mucho y muy seguido. Estaba desconcertado. Frunció los labios en un esfuerzo por dar con el impulso o sentimiento que había guiado los golpes. Lo tenía a tiro de piedra, pero no lograba identificarlo. ¿Qué era? No era odio, no era saña. ¿Qué? Un segundo examen de la escena le rindió otra clave: la mujer se había convertido en cadáver ahí, sobre le césped, sobre esa mancha que ahora se volvía cerúlea e iba camino a desaparecer entre la hierba y la tierra, pero el cuerpo reposaba sobre las baldosas de la cocina, sobre un ancho círculo de agua y sangre, como dibujado alrededor de la cabeza y extremidades. ¿Cómo podía ser?

La única conclusión que sacaba así, a priori, era que el hombre encogido en el suelo delante de él, había arrastrado a la mujer muerta hacia dentro. Hasta que se viniera el forense no podía cerrarle los ojos. La mirada perdida e incolora le incomodaba. Qué cosa rara, era como si no tibiera pupilas…

La voz que aprecia salir del suelo le dijo: “Me atacó, oficial. Me atacó a picotazos. Nunca me había sucedido algo así. Yo siempre he sido muy cuidadosos con los animales ¿Acaso las aves de corral atacan a los humanos? ¿Sabe usted de dónde venía? No es común que haya gallinas sueltas por el vecindario”.

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