¡No sou prous, malparits!

Yo Cesare Borgia , duque de Valentinois  Hijo ilegítimo de Vanozza y Rodrigo cuando aún era cardenal, pasé por ser sobrino del Papa siendo su retoño natural. Domingo Rignano se prestó a reconocerme la paternidad con el objetivo de elevarme Alejandro Sexto a lo más alto de la curia eclesial. Arranqué como diácono de Játiva, luego canónigo de la iglesia valenciana, preboste de Alba, tesorero episcopal de Mallorca, prebendario de Lérida, archidiácono de Tarragona, y a la edad de los quince años obispo de la capital de Navarra, Pamplona, para dos años más tarde ser el arzobispo de Valencia.

El nepotismo paterno, que me encumbraba, trató de arrebatarme la gloria de los ejércitos, elevando a mi hermano don Juan al ducado de Gandía. Él, un insolente e incapaz que presumía de ser más hombre por arrebatarme una amante, Sancha de Aragón, y por ser el brazo armado del Santo Padre, descendiente doscientos catorce de Pedro, el pescador de las almas de los hombres.

No necesité del diplomático Maquiavelo para aprender que el respeto solamente se logra con el temor. Al contrario, fue él quien de mí se inspiró. Frecuenté los burdeles de la Ripa y el Trastévere, pues para mí el amor es un embeleco para los adonis. No sentí más aprecio por una gran dama que por las meretrices de los lupanares sórdidos, pues son iguales en la cama.

Me atribuyeron, desde muy pronto, taimada capacidad para el disimulo, sobre todo quienes piensan que ordené asesinar a Juan, mi hermano mayor, para arrojarlo al Tíber. Pero yo no soy de ésos que airean sus asuntos.

Mi hermana Lucrecia puede dar testimonio de que en su lecho sólo el padre, y yo mismo, podíamos cohabitar sin que de ello hubiéramos presumido. Sus dos primeros maridos, Juan Sforza y Alfonso de Aragón, no eran cosa digna de consideración para nuestra codicia.Que desaparecieran de modo siniestro es un asunto entre Michelotto y yo.

 Estrangulamiento, veneno, ¿qué impresiona esto a un niño que vio por las calzadas de Roma enfrentarse a los bandidos durante la noche, escuchó los gemidos de estupros, los ruidos de sables, los pasos que huyen después de haber robado en conventos y palacios?

Mutis, gaviero, cuéntame como murió César, su funeral en la catedral de Viana. Me interesa saber que los pamplonicas tuvimos de Obispo a la edad de 15 años a semejante personaje y que no podian los aragoneses, no podían..pero le mataron. Dale.

“Hoy entierran en la iglesia de Santa María de Viana a César, Duque de Valentinois. Preside el duelo su cuñado Juan de Albret, Rey de Navarra. En el estrecho ámbito de la iglesia de altas naves de un gótico tardío, se amontonan prelados y hombres de armas. Un olor a cirio, a rancio sudor, a correaje y arreos de milicia, flota denso en la lluviosa madrugada. Las voces de los monjes llegan desde el coro con una cristalina serenidad sin tiempo:

Parce mihi, Dómine;Nihil enim sunt dies mei.¿Qui est homo, quia magníficas eum?¿Aut quid appónis erga eum cor tuum?

César yace en actitud de leve asombro, de incómoda espera. El rostro lastimado por los cascos de su propio caballo conserva aun ese gesto de rechazo cortés, de fuerza contenida, de vago fastidio, que en vida le valió tantos enemigos. La boca cerrada con firmeza parece detener a flor de labio una airada maldición castrense. Las manos perfiladas y hermosas, las mismas de su hermana Lucrezia, Duquesa d’Este, detienen apenas la espada regalo del Duque de Borgoña. Chocan las armas y las espuelas en las losas del piso, se acomoda una silla con un apagado chirrido de madera contra el mármol, una tos contenida por el guante ceremonial de un caballero. Cómo sorprende este silencio militar y dolorido ante la muerte de quien siempre vivió entre la algarabía de los campamentos, el estruendo de las batallas y las músicas y risas de las fiestas romanas. Inconcebible que calle esa voz, casi femenina, que con el acento recio y pedregoso de su habla catalana, ordenaba la ejecución de prisioneros, recitaba largas tiradas de Horacio con un aire de fiebre y sueño o murmuraba al oído de las damas una propuesta bestial

Qué mala cita le vino a dar la muerte a César, Duque de Valentinois, hijo de Alejandro VI Pontífice romano y de Donna Vanozza Cattanei. Huyendo de la prisión de Medina del Campo había llegado a Pamplona para hacer fuerte a su cuñado contra Fernando de Aragón. En el palacio de los Albret, en la capital de Navarra, se encargó de dirigir la marcha de los ejércitos, el reclutamiento y pago de mercenarios, la misión de los espías y la toma de las plazas fuertes. No estaba la muerte en sus planes. La suya, al menos. A los treinta y dos años muy otras eran sus preocupaciones y vigilias. Frente a Viana acamparon las tropas de Navarra.

 Los aragoneses comenzaban a mostrar desaliento. Sin razón aparente, sin motivo ni fin explicables, el Duque salió al amanecer, en plena lluvia, hacia las avanzadas. Le siguió su paje Juanito Grasica. En un recodo perdió de vista a César. Una veintena de soldados del Duque de Beaumont, aliado de Fernando, cayó sobre el de Valentinois; la lluvia les había permitido acercarse. El sólo pudo verlos cuando ya los tenía encima. Entre los presentes en la iglesia de Santa María, persiste aún la extrañeza y el asombro ante muerte tan ajena a los astutos designios de César. Los oficiantes oran ante el altar y el coro responde:

 Deus cui propius est miseréri, semper et párcere, te súpplices exorámus pro ánima fámuli tui quam hódie de hoc século migráre jussisti.

Los altos muros de piedra, las delgadas columnas reunidas en haces que van a perderse en la obscuridad de la bóveda, dan al canto una desnudez reveladora, una insoslayable evidencia. Sólo Dios escucha, decide y concede. Todos los presentes parecen esfumarse ante las palabras con las que César, por boca de los oficiantes, implora al Altísimo un don que en vida le hubiera sido inconcebible: la misericordia. El perdón de sus errores y extravíos, no fue asunto para ocupar ni el más efímero instante de sus días. Sin sosiego los días de César, Duque de Valentinois.

Duque de Romaña, Señor de Urbino. ¿De qué fuente secreta manaba la ebria energía de sus pasiones y la helada parsimonia de sus gestos? Los hombres habían comenzado a tejer la leyenda de su vida sin esperar a su muerte. Algo de esto llegó alguna vez a sus oídos. No se marcó el más leve interés en sus facciones. Una humedad canina se demora dentro de la iglesia y entumece los miembros de los asistentes. El desnudo acero de las espadas y de las alabardas en alto, despide una luz pálida, un nimbo impersonal y helado. Los arreos de guerra exhalan un agrio vaho de resignado cansancio.

Réquiem aeterna dona eis Dómine:et lux perpétua lúceat eis. In memoria aeterna erit justus: ab auditione mala non timébit

El Rey Juan de Navarra mira absorto las yertas facciones de su cuñado por las que cruza, en inciertas ráfagas, la luz de los cirios. Vuelven a su memoria los consejos que días antes le daba César para vencer las fortificaciones aragonesas; la precisión de su lenguaje, la concisa sabiduría de su experiencia, la severa moderación de sus gestos, tan ajenas al febril desorden de su rostro en las interminables orgías de la corte papal. Hoy cuelgan a Ximenes García de Agredo,el hombre que lo derribó del caballo con su lanza. Su rostro conserva todavía el pavor ante la felina y desesperada defensa del Duque. Ya en el suelo y a tiempo que lo acribillaban las lanzas de sus agresores, aún tuvo alientos para increparlos: «¡No sou prous, malparits!».Hoy parte Juanito Grasica para llevar la noticias la corte de Ferrara. Imposible imaginar el dolor de Donna Lucrezia. Se amaban sin medida. Desde niños, comentaba César en días pasados al recibir en Pamplona un recado de su hermana. Termina el oficio de difuntos. El cortejo va en silencio hacia el altar mayor, donde será el sepelio. Gente del Duque cierra el féretro y lo lleva en hombros al lugar de su descanso. Juan de Albret y su séquito asisten al descenso a tierra sagrada de quien en vida fue soldado excepcional, señor prudente y justo en sus estados, amigo de Leonardo da Vinci, ejecutor impávido de quienes cruzaron su camino, insaciable abrevador de sus sentidos y lector asiduo de los poetas latinos: César, Duque de Valentinois, Duque de Romaña, Gonfaloniero Mayor de la Iglesia, digno vástago de los Borja, Milá y Montcada, nobles señores que movieron pendón en las marcas de Cataluña y de Valencia y augustos prelados al servicio de la Corte de Roma. Dios se apiade de su alma.”

 Que se apiade, pues.

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