Tsvetaiéva

Leo el libro “El viaje” de Sergio Pitol, gran viajero, escritor maravilloso. Huérfano a los seis años, marchó a vivir con su abuela y tías, contrayendo la malaria, que le haría permanecer en cama seis años. Más tarde, estudió Derecho y Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México. Residió y trabajó en Roma, Pekín, Barcelona y Varsovia, dedicándose a la traducción. A su regreso, ingresó en el departamento de Relaciones Exteriores y trabajó como asesor cultural en las embajadas de Belgrado, París, Budapest y Moscú, siendo posteriormente embajador en Checoslovaquia. Fue lector en la Universidad de Bristol y profesor en la Universidad Veracruzana de Xalapa, ciudad en la que fijaría residencia. Entre otros muchos premios, ha recibido el Herralde en 1984, Juan Rulfo en 1999 y Cervantes en el año 2005.

En el viaje entre otros episodios analiza la vida  de Marina Tsvietaieva  en sus momentos de gloria y en los de duelo, en el exilio de París y en el regreso a Rusia, donde casi todos le dan la espalda y la condenan a “convivir con una sociedad a la que odia y donde es odiada, aunque allí estén su familia, algunos amigos de juventud, Eh re n b u r g , Pasternak”.

Nos dice “En 1935, a su regreso a la Unión Soviética, después de una estancia ingrata y casi podría decirse abortada en París, la poeta Marina Tsvietaieva se suicida. Aprehendida sin causa justificada alguna, en Moscú asume una vida fantasmal, “sombra de otras sombras”. Por su “culpa” detuvieron también a una parte de su familia.

Su biógrafo Mur parece implacable. “La acusa de ser culpable de las desdichas de la familia, de la prisión de su p a d re y su hermana, de la carencia de destino que le está c o n s t ru ye n d o. Después llegó la guerra, y ella se suicidó”.

Marina llevó una vida de extrema pobreza y un repudio generalizado por estar siempre en el sitio equivocado; su compromiso con la literatura fue tan aúreo como su desdicha vital objetiva, que parecía no entender. Imaginemos a Marina entregando una hija, Irina, a un orfelinato sin condiciones, donde moriría por inanición.

El Poeta 

El poeta trae de lejos la palabra, 
 al poeta lo lleva lejos la palabra,  
entre sí y no, por baches indirectos de parábolas, signos, planetas,  
hasta lanzándose desde el campanario 
 agarra un garfio, pues el camino del cometa 
 es el camino del poeta, casuales eslabones 
 ése es su enlace, mirar las 
estrellas de nada sirve, 
 en el calendario no se  
pronostican los eclipses del poeta, 
 él es el que desordena los naipes, 
 falsea el peso y las cuentas,  
el preguntón en el pupitre,  
el que a Kant para el arrastre deja,  
el que en el pétreo foso  
de la bastilla es como un árbol 
 que crece en su belleza,  
aquél de huellas siempre desaparecidas, 
 él que es el tren al que cualquiera llega tarde, 
 su camino es el de los cometas. 
 El camino del poeta arde pero no calienta,  
arranca pero no cría, estalla y se quiebra, 
 tu camino es el de enredadas cabelleras,  
no pronosticado en el calendario del poeta. 
 Son en el mundo los superfluos, los suplementarios, 
 los no inscritos en los que la vista abraza, 
 los no escritos en vuestros vocabularios, 
 para ellos el foso de la basura de casa, 
 están en el mundo desnudos, despedidos, 
 tachuelas son a vuestras orlas de seda,  
son el estiércol, los enmudecidos,  
la suciedad que repugna las ruedas,  
la apariencia en el mundo dónde no se ve, 
 su marca granos leprosos (…)

 

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