Agotes

Como provengo del norte de  Navarra, me pregunto si entre los antepasados míos había agotes o perseguidores de estos que parece peor todavía.

La palabra agote (o sus variantes agot, agota, cagot, cagote, capot, gahet, gaffet…) aparece documentada desde el siglo XV para designar grupos humanos que sufrían una profunda marginación socioeconómica en el Pirineo Occidental, desde Aragón y Bigorra hasta Gipuzkoa y la Gironda.

El barrio de Bozate (en la foto), en Arizcun al norte de Navarra, se considera como “sede mundial del gueto de los Agotes”, singular raza de gentes, de confusa procedencia y peculiar idiosincrasia, que ha sido objeto durante muchos siglos y hasta hace bien poco de una marginación social total y absoluta, cargando con las culpas de todos los desastres y malas cosechas y siendo blanco de la mofa y el desprecio de los lugareños.

Pío Baroja, por ejemplo, los describe así en su libro Las horas solitarias: “Cara ancha y juanetuda, esqueleto fuerte, pómulos salientes, distancia bicigomática fuerte, grandes ojos azules o verdes claros, algo oblícuos. Cráneo branquicéfalo, tez blanca, pálida y pelo castaño o rubio; no se parece en nada al vasco clásico. Es un tipo centro-europeo o del norte. Hay viejos de Bozate que parecen retratos de Durero, de aire germánico. También hay otros de cara más alargada y morena que recuerdan al gitano”.

Otro autor, Michel Francisque, los ve descendientes de los godos, con rostro blanco colorado, pelo rubio, ojos azules grisáceos, frente convexa, lóbulo hinchado y redondo, y también sin lóbulo en las orejas.
Esta última es una de las características más extendidas sobre sus personas para su reconocimiento como agote. Es curioso el dicho que atribuye esta carencia lobular al hecho de haber nacido de noche.

Estos agotes han estado discriminados por el resto del pueblo desde tiempo inmemorial, (parece ser que se asentaron en Baztán en el s. XIV) llegando a estar fuertemente marginados incluso a nivel religioso, teniendo que sufrir todo tipo de injusticias aún en pleno siglo XX, a pesar de la leyes promulgadas en siglo anteriores por las Cortes navarras equiparando a este grupo con los demás y prohibiendo la denominación de agote como injuria.

El primer documento que ha llegado hasta nosotros es una Bula pontificia fechada el 13 de mayo de 1515, en la que se recomienda al Chantre de la catedral de Pamplona el examen de la petición que los agotes elevaron al Papa para que se les tratase como al resto de los fieles.
La sentencia eclesiástica en su favor no surtió demasiado efecto en la práctica, como tampoco lo hicieron sendos decretos dictados en 1534 y 1548 por las Cortes de Navarra a favor de este grupo marginado.

En 1673, Pedro de Ursúa -esta familia defendió y amparó siempre a los agotes-, escribió un alegato a favor de algunos de ellos para que se les reconociera como originarios de Baztan.

Por último, el 27 de diciembre de 1817 se promulgó una ley por la que se suprimían todas las discriminaciones que existían, y se aprobaba la igualdad de derechos con sus vecinos de Arizkun, Baztan y Navarra.

Y es que el odio hacia estas gentes llegó al punto de que de padres a hijos se iban transmitiendo auténticas barbaridades sobre ellos, incluso sobre su anatomía: se decía que eran lujuriosos, como todos los leprosos, debido al color de su sangre; coléricos, orgullosos, susceptibles, arrogantes, astutos, que ocultaban entre ellos muchas cosas. Se les creyó cretinos, homosexuales, hechiceros, que se unían con las bestias, que olían mal, que su apestaba su aliento, que donde ponía el pie un agote no volvía a crecer la hierba… 

Sin embargo, otros testimonios nos hablan de su muy buena condición.

Eran laboriosos e industriosos, pacíficos (ante tanta violencia no tomaban la iniciativa, sólo se defendían), serios y sedentarios. Tenían alma de músicos, eran los txistularis, tamborileros y bertsolaris de las tierras navarras, y destacaron como artesanos, carpinteros y poetas.

Valga citar como ejemplo a Eleuterio Tadeo Amorena (nació en 1819 en Pamplona, aunque su padre era natural de la casa Amonea de Bozate), que creó en el año 1860 los actuales gigantes de la comparsa de Pamplona.

Las características físico-morales que se les atribuían junto con su origen desconocido hicieron de ellos una raza maldita, y como tal fueron recluídos en sus barrios separados de los demás, no permitiéndoles vivir en el pueblo mismo ni mostrar el escudo blasonado en sus fachadas, y mucho menos casarse con los naturales, sino entre ellos mismos.

En la iglesia debían ocupar un lugar aparte, en el fondo, a la izquierda, debajo del coro, teniendo un pequeña puerta de acceso exclusiva para ellos.
En los actos religiosos, se les trataba con todo tipo de discriminación: no podían ascender a la parte delantera de la iglesia, no pasaban por la pila de agua bendita (solían tener una propia), el monaguillo descendía a recibir su ofrenda, que se apartaba de las demás.

Estaban separados de todo trato con los vecinos, incluso sus antepasados tenían que llevar unas cliquetas para advertir de su presencia, estaban obligados a llevar una marca que los diferenciase del resto, un pie de pato de color rojo, vivían exclusivamente en barrios apartados, tenían prohibido mezclarse con el resto, casarse con personas no agotes, en algunos sitios bajo pena de muerte.

Si un hombre no agote, se casaba con una mujer agote, los hijos serían agotes. Si un agote le favorecía la fortuna y se casaba con una mujer no agote, unas coplas burlescas al respecto amargaban el festejo.

Las fiestas las tenían que hacer en sus barrios si no querían verse humillados, les estaba prohibido participar en los bailes.

No podían pescar en los ríos, criar ganado, cortar leña de los bosques comunales, beber en las fuentes públicas, ellos tenían sus propias fuentes, en un juicio, el testimonio de 7 hombres libres, equivalía al de 30 agotes, e incluso hay una sentencia de un vecino que le llamó a otro agote, al considerarse esto un insulto, se le obligó a pagar 25 libras.

“¡Cállate, agote! Tu opinión cuenta menos que la del perro. ¡No eres nadie!”.

Era tal el desprecio que en Arizkun era popular el dicho: “Al agote garrotazo en el cogote”.

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