The last trip: todo natural, nada artificial

Todo esto viene porque me dijeron el otro día que en todo Crucero que se precie llevan a bordo al menos un féretro, y es que a pesar de los naufragios recientes hay una epidemia de contrataciones de cruceros en España, será la crisis. La imagen romántica y decadente de los viejos ricachones en barcos de superlujo, viejecitos que coquetean y señoronas que aspiran a lucir joyas y echarse un baile con el Capitano ha dado paso a un crucerismo masificado, como de centro comercial flotante, gallinas ponedoras de pulseritas, comida infumable y con un poco de suerte flamenco para amenizar la velada, solamente con un poco más de suerte tienes la aventura verdadera de escorarse el barco y buscarte la vida como puedas, o mejor ir directamente al féretro y meterte ya dentro para ahorrar tiempo y comida a los tiburones, con un poco de suerte llegas flotando en ferétro hasta hawaii, por ejemplo, que está de morirse. Ahora, estadísticamente, como la gente está fatal y van por miles en los barcos hay grandes posibilidades que entre la actuación de flamenco y la Cena de Gala se atragante un pasajero pongamos polaco con los calamares plastificados y haya que hacer uso de “ello”.

Hasta no hace mucho tiempo los traslados de cadáveres eran verdaderamente complicados, ya conté por ejemplo lo del general español que murió en el campo de batalla cubano y tardaron un año en depositarlo en la capilla de Santa Ana del Pilar de Zaragoza; o ya más modernamente el azaroso traslado de Pablo de la Torriente Brau, escritor y resistente republicano cubano en la Guerra Civil, cuyo cádaver fue conducido en azaroso viaje con el poeta Miguel Hernández a bordo de un raquítico coche cruzando líneas amigas y enemigas desde Madrid hasta el cementerio de Barcelona.

La aviación ha resuelto no pocos asuntillos de estos; hace no mucho leí la “pérdida” de un ataúd en un vuelo de Palma hasta Jerez de la Frontera, imaginaros la escena de los parientes esperando y nada…¡Pasen a objetos perdidos, rellene el formulario…! ¡Pero si es el tío Manueel y lo vamos a enterrar, que está todo el pueblo esperando y el cura…!!…Pues nada, apareció dos días después, muerto claro. Con razón tenía miedo a volar el tío Manuel…!!Y eso que a muchos pilotos, me cuentan les da bastante yuyu el “problema”, existiendo además un protocolo muy exigente; en la bodega que viajan por ejemplo no pueden colocarse animales porque reaccionan fatal, especialmente perros y caballos. Tampoco pueden mezclarse con alimentos etc etc, mal negocio el fiambre a bordo.

Summum del ingenio sobre la burocracia y el transporte de finados es la película cubana Guantanamera, sin desperdicio, con situaciones que como todo en Cuba se convierten en una tragicomedia.

Y aquí entera para los agraciados ociosos:

Si queréis vivir la experencia del transporte  horizontal .. mejor vivos en la zona business claro, pero bueno hay otras facilidades… ha sido también noticia la empresa que te falicita el asuntillo si les haces un poco de ascos a eso de palmarla facilmente;  y ¿cómo no? viene de Suiza, que como ya sospechaba en otro post, Suiza viene de Suicidio, pues bien la empresa Dignitas ha decidido innovar, abrir nuevas vías de negocio ¡vaya! y ahora tachán! amplian el negocio a las personas sanas, que no padecen ninguna enfermedad terminal ni sufren dolores.

Dignitas  fue fundada en 1998 bajo el lema “Vive con dignidad, muere con dignidad” y hasta ahora solo permitían el suicidio asistido a personas con enfermedades terminales o con enfermedades crónicas incapacitantes. Pronto lo veremos en las esas superofertas lowcost con viaje de avión pagado y todo. Negocio con pocas reclamaciones, preveo.

Creo que como decía el amigo Punset entre rebanada de pan y pan, lo importante para ser feliz es perder el miedo; y recordemos que los que nos gobiernan se sirven de ello, ya sabéis la miedo cracia, la mierdocracia existente tamaño Putin Presidente. Y como hay que jugar a grande, es mejor empezar por desdramatizar el miedo a la muerte porque sin ella el concepto de vivir sería algo muerto e incomestible como el pan a solas de Punset  nuestro divulgador científico y filósofo  y sus chicas:

Claro no es sorprendente que nos ríamos:

Y pour finir en beauté,. como final, rindo homenaje a uno de mis gurús, “Javier Ortiz  escritor y columnista, nació en Donostia-San Sebastián el 24 de enero de 1948 y murió ayer en Aigües (Alicante), tras dejar escrito en su  blog el presente obituario, el suyo. (publicado en el diario Público el 28 de Abril de 2009)

 

Falleció ayer de parada cardio-respiratoria el escritor y periodista Javier Ortiz. Es algo que él mismo, autor de estas líneas, sabía muy bien que sucedería, y que por eso pudo pronosticar, porque no hay nada más inevitable que morir de parada cardio-respiratoria. Si sigues respirando y el corazón te late, no te dan por muerto.

Así que en ésas estamos (bueno, él ya no).

Javier Ortiz fue el sexto hijo de una maestra de Irún, María Estévez Sáez, y de un gestor administrativo madrileño, José María Ortiz Crouselles. Sus abuelos fueron, respectivamente, un señor de Granada con aspecto de policía -lo que tal vez se justifique considerando el hecho de que era policía-, una señora muy agradable y culta con allure y apellido del Rosellón, un honrado y discreto carabinero orensano con habilidades de pendolista y una viuda de Haro casada en segundas nupcias con el recién mencionado, Javier Estévez Cartelle, del que se derivó el nombre de pila de nuestro recién difunto. Si algún interés tienen todos estos antecedentes, cosa que dista de estar clara, es el de demostrar que, en contra de lo que suele pretenderse, el cruce de razas no mejora el producto. (Obsérvese qué gran variedad de procedencias se puso en juego para acabar fabricando a un vasco calvo y bajito.)

La infancia de Javier Ortiz transcurrió en San Sebastián, ciudad que le venía muy a mano, porque nació allí. Se dedicó básicamente a mirar lo que había por sus cercanías, en particular el pecho de las señoras -ahora que ya está muerto podemos descubrir ese inocente secreto suyo-, y a estudiar cosas tan peregrinas como las ciudades costeras del Perú, de las que no logró olvidarse hasta su postrer respiro. Los jesuitas trataron de encauzarlo por el buen camino, pero él descubrió muy pronto que era comunista. Eso malogró del todo su carrera religiosa, ya de por sí poco prometedora, sobre todo desde que notó con desagrado el interés que algunos sacerdotes ponían en sus partes pudendas.

Su primer trabajo como escribidor, aparecido en una página del periódico del colegio, fue, curiosamente, una necrológica, con lo que cabría decir que su carrera como periodista ha resultado capicúa, singular circunstancia de la que muy pocos podrían presumir, aún en el improbable caso de que lo pretendieran.

A los 15 años, hastiado de las injusticias humanas -algunas de las cuales seguían teniendo como referencia obsesiva los pechos femeninos-, decidió hacerse marxista-leninista. Los años siguientes tuvo que emplearlos en averiguar qué era eso que acababa de hacerse, a lo que contribuyeron decisivamente algunos esforzados miembros de la Policía política franquista.

A partir de lo cual, se dedicó con gran entusiasmo a cultivar el noble género del panfleto. Sin parar. A diario. Año tras año. Fue cambiando de punto de residencia, no siempre por voluntad propia -ahí merecen especial mención sus estancias carcelarias y su exilio, primero en Burdeos, luego en París-, pero jamás varió su inquebrantable afán de agitador político, que él pretendía haber adquirido, por absurdo que parezca -y sea, de hecho-, en la lectura de Los documentos póstumos del Club Pickwick, de don Carlos Dickens, y de las Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Padarox, de don Pío Baroja.

Burdeos, París, Barcelona, Madrid, Bilbao, Aigües, Santander… Recorrió incontables sitios y holló innúmeros parajes sin parar de escribir, erre que erre. Zutik!, Servir al Pueblo, Saida, Liberación -y Mar, y Mediterranean Magazine- y El Mundo, y una docena de libros, y varias radios, y algunas televisiones… Por escribir, incluso escribió para otros y otras, ejerciendo de negro en momentos de particular penuria. También lo hizo a veces por amistad.

Movido por la lectura del Selecciones de Reader’s Digest y otras publicaciones estadounidenses tan aficionadas a ese género de operaciones, un día decidió calcular cuántos kilómetros cubrirían sus escritos, en el caso de colocarlos todos en una sola larguísima línea de cuerpo 12. El resultado de la estimación fue concluyente: ocuparían la tira.

En materia de amores (de la que sería injusto decir que careciera de alguna experiencia), también fue capicúa. Decía que las mejores mujeres, las más cariñosas y las más nobles con las que compartió sus días (sin desdeñar dogmáticamente a ninguna otra), le resultaron la primera y la última. Aunque la favorita le apareciera por medio: su hija Ane.

Y todo para acabar con algo tan vulgar como la muerte. Por parada cardio-respiratoria, como queda dicho. En fin, otro puesto de trabajo disponible. Algo es algo.


Trilogía del valor de las cosas: madrigueras, tulipanes y vencejos ( I: Madrigueras)

 Mi primera entrada en este blog comenzó con un muerto en una silla, Alekhine, y enseguida se sucederían otros muertos en una silla. Y la cosa no paraba, así que decidí parar, pero se me había olvidado ya…hay que volver de vez en cuando a los orígenes.No conozco muerte más terrible que la de los hermanos Collier, hicieron de su vida un Hermitage que acabó hundiéndose sobre ellos. La muerte de Homer Collier en una silla es de lo más duro que se puede traer por aquí, pero encierra una historia también de amor fraterno y de ardillas en su madriguera.

Los hermanos Collier  provenían de una familia acomodada; de enjundia: neoyorkinos descendientes de los que llegaron  en el Speedwell, el barco similar al del Mayflower. Su padre, el Dr. Herman L. Collyer fue un prominente ginecólogo de  Manhattan. Susie, su madre, fue una cantante de ópera bien educada. El primer hijo, Homer, nació en 1881 y Langley cuatro años más tarde. Ambos tuvieron educación universitaria (Universidad de Columbia) .Langley llegó a tocar el piano  en el Carnegie Hall.

Entonces algo sucedió en 1909 en el coco de los hermanos. O  se exacerbó  algo que siempre estuvo en ellos. Vete a saber. El caso es que sus padres se separaron, y ambos  se trasladaron a una  casa de piedra rojiza en Harlem. Más tarde, Langley diría que la razón de su mudanza era  que “no queríamos  ser molestados”. En ese momento, se trataba de un barrio rico y de moda. Pero pronto cambió, había más y más delincuencia y la pobreza llegó a Harlem, los dos hermanos se encastillaron cada vez más. Comenzaron a poner trampas  explosivas  por temor a los ladrones y comenzaron a acumular cosas, hecho que les hizo famosos hasta nuestros días.

Los hermanos Collyer se atrincheraron respecto al exterior, bloquearon las ventanas y comenzaron a salir cada vez menos. No había teléfono, porque no había nadie con el que quisieran  hablar, de acuerdo con la versión de la pareja. No tenían agua; la llevaban de una  fuente  desde un parque a  cuatro manzanas de distancia). Sin electricidad; por un tiempo trataron generar  electricidad de un modelo de coche que terminó dentro de la casa. No tenían gas. Tenían un calentador de queroseno que utilizaban para  cocinar y calentar sus hogares.

En el 1933, se quedó ciego Homer. Langley obedientemente cuidó de él, tratando de curar la ceguera con un régimen dietético de 100 naranjas a la semana, pan negro y mantequilla de cacahuete. En su mente, no había necesidad de buscar atención médica debido a que eran hijos de médico y tenían 15.000 libros de medicina en las estanterías. Langley también le leía (los clásicos que su madre había amado) y  le tocaba sonatas en alguno de los diez pianos de cola que habían acumulado en su  edificio (el razonamiento era  que cada uno tenía tonalidades diferentes y buscaba variados efectos sonoros “efectos sonoros”).

Al poco  los periódicos comenzaron a acumularse. Se ha estimado  todas las ediciones de periódicos que circulaban en Nueva York desde 1918 hasta pasado los cuarenta se encontraban en la casa apilados. Langley los guardaba para que  Homer los leyera  cuando ganara su batalla con la ceguera.

Langley

Posteriormente, en 1940, Homer quedó cojo por el reumatismo. Ahora era totalmente dependiente de su hermano para cocinar, lavar y cubrir casi cada necesidad. Qué objetos acumulaban?: partituras, máquinas de coser, árboles de Navidad, estatuas, cestas, cochecitos de niños…objetos  casi todos rotos o en el estado de varios de deterioro. Dentro de esa casa de piedra rojiza, los hermanos crearon y habitaron su propio reino entre los bienes que habían acumulado. Sus hábitos no eran completamente desconocidos  por el vecindario; y su excentricismo desembocó en  desconfianza y resentimiento, cuando no en abierta  hostilidad.

El patio estaba lleno de objetos similares. El primer vistazo a su mundo por seres exteriores tuvo lugar en  1942.

Langley había dejado de hacer sus pagos de hipoteca al banco Bowery Savings. Las cartas enviadas a su casa se quedaron sin abrir en el porche. Cuando los agentes del banco venían a la casa no salía nadie. Ante la insistencia, moviéndose en su laberinto salió Langley para decir simplemente que se le había pasado y se comprometió a pagar. En lugar de gastar dinero en un coche (alrededor de un centavo), caminó lejísimos en un abogado que había conocido de joven. Pero no cumplió luego sus promesas; seguían llegando las letras y no pagaba…

El banco inició un proceso de desahucio. Se envió un equipo de trabajo con órdenes de limpiar el patio. Langley Collyer edad de 57 años comenzó a gritar asomado a una  barandilla y a lanzarles cosas (tenía muchas ja ja) fuera de sí. La policía fue llamada para sofocar los disturbios y permitir a los hombres hacer su trabajo. Los polis  tuvieron que romper la puerta de entrada, sólo para encontrarse con montículos  de lo que sólo podría calificarse como  basura y  cachivaches. Las cajas y los objetos se apilaban como murallas para mantener alejados a los intrusos que quisieran hacer año a los hermanos o robar sus cosas. Los policías cuidadosamente navegaron por el laberinto hasta encontrar un espacio lugar abierto en donde se encontraba Langley. Éste firmó un cheque por $ 6,700 dólares. La policía dejó en paz a los hermanos y éstos definitivamente dieron el toqjue de queda, aislándose del mundo exterior.

Cinco años más tarde, una llamada anónima alerta a  la policía de que había un hombre muerto en la casa de piedra rojiza. La poli se presentó en el lugar a investigar el chivatazo y  encontraron prácticamente imposible acceder al edificio. Después de romper la puerta abajo  se encontraron con un muro de periódicos y otras tantas cosas (sillas plegables, parte de una prensadora de vino, camas plegables) hasta que ya les era imposible dar un paso más. Las ventanas del piso inferior estaban intransitables, y canceladas con rejas de hierro. La policía buscó una escalera e intentó entrar a través de una de las ventanas superiores. Tampoco podían pasar , así que comenzaron a tirar objetos desde la ventana para que luego alguien pudiera entrar.

Los bultos iban aterrizando del cielo a la calle como si fuera el lastre de un globo rebelde (sombrillas, un rastrillo, el marco de un cochecito de bebé). Después de mucho esfuerzos, hartos las montañas que bloqueaban  la ventana volvieron a la calle. Un policía armado de una linterna entró en los dominios de los Collyer. Zafándose de objetos y presionando el laberinto de cacharros, el policía finalmente llegó a una “bolsa” sin objetos y se encontró con una figura: un viejo  frágil, vestido sólo con una túnica hecha jirones azules y blancos, sentado en una silla con  la cabeza entre las rodillas, con el pelo enmarañado blanco y gris y la barba bien más allá de sus hombros. El poli se debió quedar ojiplático: Homer Collyer estaba muerto. Más tarde se confirmó que había muerto unas diez horas antes del descubrimiento. No había señales de Langley.

Al día siguiente, los titulares de los periódicos  decían UN COLLIER MUERTO, A LA CAZA DEL SEGUNDO EN EL  PALACIO DE BASURA. La teoría predominante era que el otro hermano estaba escondido en algún lugar dentro de su nido de cuatro pisos. Aunque hubo intentos de sacar los objetos  recogidos (un caballete, maniquíes de costura, más periódicos), las  enormes columnas de cacharros eran una amenaza para los trabajadores que podían sufrir una avalancha de  desechos  de la sociedad o bien  las trampas construidas intencionalmente al efecto de ahuyentar o dañar a los invasores. Se horadó un agujero en el techo del edificio y continuaron tirando cosas (el coche, fotografías, juegos de mesa, libros, juguetes). Se estimó que el resultado final  solo en periódicos era de 6 toneladas de seis toneladas.

El espectáculo atrajo a los curiosos, se llegaron a acumular 600 personas que mordían el anzuelo de los secretos contenidos dentro de la casa  de piedra rojiza. Cuentan que durante la excavación ya más minuciosa saltó un gato negro haciendo gritar a la multitud. Mientras tanto, los obreros limpiaban  piso por piso (lámparas de gas, marcos de fotos, guías telefónicas). La búsqueda continuó. Cerca del cuerpo de Homer encontraron libretas de ahorro que arrojaron  un saldo de más de $ 3.000. Hubo una breve tregua de la operación cuando, el 30 de marzo, alguien aseguró haber visto a Langley subir a un autobús en Atlantic City. La búsqueda de la costa de Nueva Jersey no dio resultado.

La búsqueda continuó. La primera planta ofreció un pimpante resultado: 19 toneladas de la almacenados en vida de los Collyer (equipos médicos, instrumentos musicales, armas y municiones, la quijada de un caballo. Dos semanas más tarde ya eran  103 toneladas  las que habían  sido retiradas del edificio, que con el tiempo se contabilizaría u total prodigioso de 150/180 toneladas. Magnifique.

Finalmente dos semanas y un día después,  Langley fue encontrado (a tres metros de donde su hermano había sido encontrado). Había muerto, víctima de una de sus propias trampas, unas semanas antes y se descompuso parcialmente, cosa que aprovecharon las ratas para darse un festín. Desolador eh?. Cuando lo encontraron, bajo cajas de pan, una maleta, y una montaña de periódicos. Había asfixiado bajo el peso de sus bienes. Sus obsesiones.

Con Langley muerto, Homer sólo podía sentarse y esperar en el frío y la oscuridad, agónicamente y de hambre, la muerte en la silla.

Entre bienes raíces y bienes muebles, la propiedad de los hermanos alcanzaba los  111.000 dólares. Se sacaron otros 2000 dólares en una subasta de las cosas rescatables para la venta. El edificio fue condenado debidamente y posteriormente derribado y dejó un terreno baldío. En 1998, la ciudad de Nueva York se hizo con la propiedad  y la convirtió en el parque de los hermanos  Collyer.

Hoy es una enfermedad que lleva su nombre, este desorden que tiene cura sigue creciendo en muchos países desarrollados: