Mi corralito

Si, esto es lo que opino contra la situación actual de la prima de riesgo, de la gobernanza que nos ocupa, inmensas declaraciones planetarias ajenas al desaliento, mi corralito:

Archipiel es un dúo formado por Álvaro Barriuso y Ainara LeGardon. Partiendo de la improvisación libre y el juego y apoyándose en la poesía fonética, exploran, dicen, los límites de sus voces y nuestras orejas.

y por si fuera poco esto:

En el slam poetry, la chica metáfora

mañana saldrá el sol, anuncian temperaturas altas.

Seguiremos con la ducha de clases, con Sebastian Fiorilli

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Graná…

De vez en cuando va bien coger aire por los pulmones del zeppelin y volar un poco entre las nubes, y llegar a sitios rotundos como este donde se paseaba el rey moro y campear por allí con todos los sentidos puestos para aprovecharla. Disfunciones bloguísticas posibles dependiendo del sol, la lluvia y el perfume del azahar.  Tomamos Granada. Con Federico, Boabdil y la cerveza de la Alhambra.

Tu elegía, Granada, la dicen las estrellas

que horadan desde el cielo tu negro corazón
La dice el horizonte perdido de tu vega,
la repite solemne la yedra que se entrega
a la muda caricia del viejo torreón.

Tu elegía, Granada, es silencio herrumbroso,
un silencio ya muerto a fuerza de soñar.
Al quebrarse el encanto, tus venas desangraron
el aroma inmortal que los ríos llevaron
en burbujas de llanto hacia el sonoro mar.

El sonido del agua es como un polvo viejo
que cubre tus almenas, tus bosques, tus jardines,
agua muerta que es sangre de tus torres heridas,
agua que es toda el alma de mil nieblas fundidas
que convierte a las piedras en lirios y jazmines.

Hoy, Granada, te elevas ya muerta para siempre
en túmulo de nieve y mortaja de sol,
esqueleto gigante de sultana gloriosa
devorado por bosques de laureles y rosas
ante quien vela y llora el poeta español.

Hoy, Granada, te elevas guardada por cipreses
(llamas petrificadas de tu vieja pasión).
Partió ya de tu seno el naranjal de oro,
la palmera extasiada del Africa tesoro,
solo queda la nieve del agua y su canción.

Tus torres son ya sombras. Cenizas tus granitos,
pues te destruye el tiempo. La civilización
pone sobre tu vientre sagrado su cabeza,
y ese vientre que estuvo preñado de fiereza,
hoy aún muerto se opone a la profanación.

Tú que antaño tuviste los torrentes de rosas,
tropeles de guerreros con banderas al viento,
minaretes de mármol con turbantes de sedas,
colmenas musicales entre las alamedas
y estanques como esfinges del agua al firmamento.

Tú que antaño tuviste manantiales de aroma
donde bebieron regias caravanas de gente
que te ofrendaba el ámbar a cambio de la plata,
en cuyas riberas teñidas de escarlata
las vieron con asombro los ojos del Oriente.

Tú, ciudad del ensueño y de la luna llena,
que albergaste pasiones gigantescas de amor,
hoy ya muerta, reposas sobre rojas colinas
teniendo entre las yedras añosas de tus ruinas
el acento doliente del dulce ruiseñor.

¿Qué se fue de tus muros para siempre, Granada?
Fue el perfume potente de tu raza encantada
que dejando raudales de bruma te dejó.
¿O acaso tu tristeza es tristeza nativa
y desde que naciste aún sigues pensativa
enredando tus torres al tiempo que pasó?

Hoy, ciudad melancólica del ciprés y del agua,
en tus yedras añosas se detenga mi voz.
¡Hunde tus torreones! Hunde tu Alhambra vieja
que ya marchita y rota sobre el monte se queja,
queriendo deshojarse como marmórea flor.

Invaden con la sombra maciza tus ambientes.
¡Olvidan a la raza viril que te formó!
Y hoy que el hombre profana tu sepulcral encanto,
quiero que entre tus ruinas se adormezca mi canto
como un pájaro herido por astral cazador.

Paseábase el rey moro

por la ciudad de Granada,

desde la puerta de Elvira

hasta la de Vivarambla

—¡Ay de mi Alhama!

Cartas le fueron venidas

que Alhama era ganada.

Las cartas echó en el fuego,

y al mensajero matara.

—¡Ay de mi Alhama!

Descabalga de una mula

y en un caballo cabalga,

por el Zacatín arriba

subido se había al Alhambra.

—¡Ay de mi Alhama!

Como en el Alhambra estuvo,

al mismo punto mandaba

que se toquen sus trompetas,

sus añafiles de plata.

—¡Ay de mi Alhama!

Y que las cajas de guerra

apriesa toquen el arma,

porque lo oigan sus moros,

los de la Vega y Granada.

—¡Ay de mi Alhama!

Los moros, que el son oyeron,

que al sangriento Marte llama,

uno a uno y dos a dos

juntado se ha gran batalla.

—¡Ay de mi Alhama!

Allí habló un moro viejo,

de esta manera hablara:

-¿Para qué nos llamas, rey?

¿Para qué es esta llamada?

—¡Ay de mi Alhama!

—Habéis de saber, amigos,

una nueva desdichada:

que cristianos de braveza

ya nos han ganado Alhama.

—¡Ay de mi Alhama!

Allí habló un alfaquí,

de barba crecida y cana:

—Bien se te emplea, buen rey,

buen rey, bien se te empleara

—¡Ay de mi Alhama!

—Mataste los Bencerrajes,   

que eran la flor de Granada;

cogiste los tornadizos

de Córdoba la nombrada.

—¡Ay de mi Alhama!

Por eso mereces, rey,

una pena muy doblada:

que te pierdas tú y el reino,

y aquí se pierda Granada.

—¡Ay de mi Alhama!